Opinión / FEB 23 2020

El último mohicano

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Era la segunda vez que lo veía. La primera, tal vez por pena o recelo, no me le acerqué: lo contemplé desde lejos por unos diez o quince minutos. Llevaba puesta una gorra gris, estaba sentado, tecleando, y yo lo miraba —incrédula, pero fascinada— desde la esquina de la calle 16, sin ninguna preocupación por buscar mi reloj para afanarme por el paso del tiempo. La segunda fue hace dos días. Salí de trabajar a las once de la mañana, caminé hasta la misma calle en su búsqueda y, con una excusa poco laboriosa, esta vez sí me senté frente a él.

 

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