Martes, 12 Nov,2019
Opinión / OCT 13 2019

El valor de la tolerancia (1)

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

En una sociedad democrática, la tolerancia es virtud máxima y una conquista frente a regímenes represivos y autoritarios. Entonces, ¿cómo pueden las democracias asumir la lucha contra los enemigos de la tolerancia sin infringir sus principios? La pregunta surge cuando manifestaciones de odio ponen en entredicho la conciliación y la sana convivencia. 

¿Cómo es posible que el odio, el resentimiento y la venganza tengan más peso y relevancia que el respeto a las ideas y a la libertad de pensamiento? La libertad tiene límites y la democracia su sensibilidad solidaria que nos lleva a pensar sobre el significado de tolerancia, sus límites frágiles y aplicación según épocas y culturas. La tolerancia es postulado moderno que aparece en el renacimiento cuando Europa se transforma por la reforma cristiana y el protestantismo en respuesta cuestiona la autoridad religiosa en medio de guerras y contrarreformas violentas. 

La palabra latina ‘tolerare’ significa respetar, soportar, apaciguar, calmar, aceptar, sin imposición, coacción ni violencia, ideas, opiniones, comportamientos que uno no comparte pero que hay que tolerar. Esta actitud lleva a no restringir la libertad de los otros imponiendo ideas en lo ético, social, religioso, político y filosófico. Se concibe la tolerancia como valor supremo contra el oscurantismo y la manipulación que utiliza la ignorancia para conservar prejuicios, privilegios, doctrinas extremas que envilecen y degradan la dignidad del ser humano haciendo confusa la idea de progreso en democracias reales. 

La intolerancia desvirtúa y cuestiona el valor democrático de respeto a las leyes y la independencia del poder fundamental de la justicia. Las sociedades democráticas se fundamentan sobre el pluralismo cultural donde la diversidad social, política, religiosa y sexual implica el respeto de las decisiones personales, libertad de conciencia, de expresión y tolerancia de otras formas políticas de pensar, de vivir y de asumir la sexualidad. Para una mentalidad tolerante no es posible el racismo, la discriminación, la injusticia, la homofobia. 

Esta mentalidad y actitud se justifica por las limitaciones del conocimiento porque nadie es conocedor de la verdad y tampoco es posible que haya criterios absolutos para juzgar la conducta y la forma de vida de otros. Por tanto, la tolerancia enfatiza el respeto a la vida y la coherencia en las convicciones porque no hay un principio trascendental que altere la dignidad individual en nombre de un poder que irrespeta derechos naturales inalienables.

El Estado debe propiciar y mantener como estandarte el principio de tolerancia a pesar de los abusos que se hagan en su nombre, debe ser el marco de referencia para la aplicación de valores sociales que defienden la libertad y las creencias individuales. 

 


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