Sabado, 07 Dic,2019
Opinión / OCT 18 2019

Empresa política ‘naranja’

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Las empresas electorales pueden hacer parte de la estrategia de emprendimiento que el gobierno llama ‘economía naranja’ —cualquier cosa que eso quiera decir—, para generar empleo y estimular la creatividad de los jóvenes. Como dice el vulgo, ‘una cosa piensa el burro y otra el que lo está enjalmando’.

Los altos ejecutivos oficiales proclaman las ideas y las legalizan, pero se olvidan de los trámites y de la ‘dictadura de los mandos medios’, en cuyos enredos se han ahogado innumerables iniciativas productivas de diversa naturaleza. Entre otras iniciativas, algunos muchachos intentan crear una empresa electoral, a imagen de las que conocen. Pero esto requiere un principal financiero. 

Los gastos de campaña son más o menos altos, según el cargo al que aspire el candidato. El ‘plante’ económico puede conseguirse con créditos bancarios, cuando el sujeto tiene con qué avalar los préstamos; con el apoyo de familiares solventes —padres, suegros, tíos, abuelos…—; o con socios inversionistas —contratistas de obras públicas casi siempre—, que saben ‘por dónde va el agua al molino’ para recuperar su plata, una vez sea elegido el ‘patrocinado’. 

La peor opción es la última, porque aceptar esos apoyos es como venderle el alma al diablo. Y aceptar apoyos de dueños de territorios electorales, peor. Lo aconsejable es lanzarse solos, con el objetivo de servir a la comunidad; conquistar adeptos con argumentos sólidos, fundamentados en el conocimiento de la tarea que se pretende desempeñar; y tener las manos limpias de contaminaciones politiqueras. Difícil, pero se puede. 

La comunidad está cansada de mentirosos y corruptos, pero la solución no es abstenerse de votar y dejarles a ellos el camino expedito. Para motivarse a votar hacen falta candidatos que conquisten al elector potencial, cada vez más esquivo. Gente joven, carismática, pura, alegre, entusiasta, prometedora, sin más compromiso que ser útil y más ambición que servir. No es fácil, insisto, porque desde hace décadas se han montado maquinarias políticas sólidas —clanes familiares territoriales—, que han detentado el poder por generaciones, disponen de recursos económicos incalculables y tienen empresas electorales que funcionan con la eficiencia de cualquier conglomerado empresarial. Unas mayores que otras, pero con los mismos objetivos de hacerse cada vez más ricas, para conservar el poder administrando con eficiencia el usufructo de la corrupción. Esa es la competencia que tienen que enfrentar los quijotes que se lancen a aspirar a cargos de elección popular.


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