Editorial / DIC 12 2019

Entre asistir y cumplir

El sentimiento de exclusión, marginamiento e incumplimiento presiona a distintos actores a la protesta, y ante una situación de inestabilidad política, el gobierno termina cediendo a la presión.

 

Entre asistir y cumplir

El país ha venido avanzando en las coberturas sociales tal y como lo señalan algunos estudios nacionales e internacionales. Sin embargo, sigue empeorando en los índices de concentración del ingreso y de informalidad laboral. En otras palabras, estamos ante una especie de trampa social encadenada con una lógica de crecimiento sin empleo, respuesta asistencialista del Estado que genera incentivos a la informalidad y desempleo estructural, lo que conduce a una forma sofisticada de reproducir la pobreza y la desigualdad.

Más informalidad conduce a mayores demandas sociales y el ciclo nunca termina. Quizás es el momento de pensar y considerar el enunciado de Bertrand Russell: “En todas las actividades es saludable poner un signo de interrogación sobre las cosas que por mucho tiempo se han dado como seguras”. Es decir, detenerse a pensar sobre si la entrega de subsidios a diferentes sectores económicos, es la forma predominante de solucionar los problemas sociales.

El centro de los problemas sociales, según algunos expertos, pasa por la baja calidad de la educación que reciben los menos favorecidos, el asistencialismo sin control; la captura de recursos por grupos de interés, y la reproducción del poder, las dos últimas, como consecuencia de una democracia débil con baja representación de los más pobres y niveles de corrupción altos.

La trampa mencionada se refuerza cuando los beneficios del gasto social retornan a quienes pagan impuestos —actualmente, casi la mitad del gasto público social es percibido por el 20 por ciento más rico de la población—, de tal forma que la desigualdad ha sido institucionalizada a través del ciclo de vida de las personas pertenecientes a los grupos más desfavorecidos: los niños reciben educación de baja calidad, los jóvenes no pueden entrar al mercado de trabajo formal, los adultos reciben salarios de supervivencia y los adultos mayores no acceden a una pensión; son excluidos de la sociedad a lo largo de su vida y dependientes del Estado a través de la limitada atención a la infancia, la educación pública de baja calidad, la salud pública incompleta, los subsidios para informales y la subvención para los adultos mayores.

Por otro lado, el gobierno ha sugerido que la clase media ha venido creciendo en los últimos años. En realidad, lo que ha crecido no es una clase media con representación política, sino una porción de la distribución del ingreso alrededor de un ingreso que se supone es aquel que saca a las personas de la pobreza y la vulnerabilidad. Si lo anterior es cierto, estaríamos observando una situación de crecimiento de la clase media y de la inequidad simultáneamente, lo cual indicaría que la exclusión también es creciente. Si la clase media crece y la inequidad permanece el contrato social como soporte del plan de desarrollo, se convierte en simples demandas de subsidios, situación en la cual queda atrapada la sociedad. 

El sentimiento de exclusión, marginamiento e incumplimiento presiona a distintos actores a la protesta y con justa razón, y ante una situación de inestabilidad política, el gobierno termina cediendo a la presión. Grupos de interés pueden sentir que ganan con el ejercicio, y bajo esta situación, el crecimiento económico no se convierte en inversión pública o social necesariamente, sino que es capturado por quienes tienen mayor fuerza para presionar al gobierno, no sólo desde las calles, quizás más, desde los oligopolios.

 

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