Martes, 17 Sep,2019
Opinión / ABR 25 2019

¿Es posible una izquierda democrática?

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¿Qué afinidades políticas unen actualmente a Jorge Enrique Robledo con Iván Cepeda? Esa pregunta que hace unos años me había hecho en otra columna estaba enfocada a hacer claridad sobre la necesidad de que existiera, luego de la firma del llamado acuerdo de paz con las Farc, una oposición necesaria, una izquierda democrática en la cual hubiera sido superado el recalcitrante estalinismo del partido comunista, capaz de condenar explícitamente la doble moral: narcotráfico y ‘revolución’. Era necesario en todo caso tener en cuenta la lección que en Europa había dado la izquierda histórica al aceptar su tarea de combatir lo que era y aún es la nefasta amenaza del totalitarismo ya que para reconocerse en los principios de las libertades democráticas era necesario dar paso a un lenguaje abierto a la autocrítica, a los espacios de confianza necesarios para borrar de la memoria de las víctimas, la crueldad y la insania que supuso el estalinismo.

En Colombia, la herencia de una izquierda civilista encarnada en nombres decisivos como Gerardo Molina, Antonio García, Diego Montaña Cuéllar, fue rápidamente sofocada en su humanismo, en su profundización de los problemas reales de Colombia, por el zarpazo de la línea prosoviética del viejo partido comunista. ¿Alguien les ha escuchado a los viejos dirigentes comunistas, al mismo Iván Cepeda, incorporar una sola idea, un solo concepto fundamentado sobre nuestra realidad campesina, sobre las frustraciones de la clase obrera? ¿Dónde están o dónde han permanecido los intelectuales comunistas encargados de renovar los contenidos programáticos del PCC? Igual que en la URSS o en China la línea dura guerrerista se ha impuesto a la línea de los pensadores encargados de prevenir cualquier brutalidad. ¿No es un error la insistencia en las ya gastadas estrategias de ese leninismo? Y esto es lo que quienes reconocíamos su inteligencia crítica esperábamos de J. E. Robledo en momentos en que la irresponsabilidad de la oposición, apoyada a su vez por la irresponsabilidad de los grandes medios de comunicación, ha desembocado finalmente en lo que Thierry Ways califica justamente como “una nueva religión: el antiuribismo”.

Desenmascarando así esta vasta conjura de verdades posmodernas, fake news que han buscado un objetivo: arrojar cortinas de humo sobre los directos responsables de la violencia, lo cual supone el más ofensivo desconocimiento del relato de los otros colombianos, partiendo del deleznable sofisma de suponer que la inteligencia es privilegio exclusivo de la izquierda y que el 90% de la ciudadanía que no les come carreta es de derecha. ¿Es Uribe el causante del cambio climático? ¿Introdujo Uribe al cartel de Sinaloa en el Cauca? ¿Todo aquel que se opone a las violencias encubiertas de las Farc es un analfabeto, un obtuso? ¿Todo aquel que pide la verdadera representatividad del nuevo país nacional, herido, escupido, es un ‘derechista’ ante ese sanedrín de damas y caballeros pijoprogres? ¿No era la tarea de Robledo construir otro lenguaje de confianza a partir del reconocimiento de un país real, darle paso a las nuevas voces de la izquierda democrática, si es que existen?

 


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