Opinión / JUL 05 2020

¡Estamos en deuda con el Quindío!

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El departamento del Quindío está de fiesta, al arribar a sus 54 años de vida jurídica y administrativa, tejiendo sueños, abriendo caminos, sembrando esperanza y cultivando valores, en medio de sombras y de espinas; de alegrías y esperanzas. El Quindío se ha ido construyendo, con la tenacidad y la valentía de hombres y mujeres, que han soñado este paraíso; de empresarios emprendedores que han ido entendiendo que el desarrollo es el nuevo nombre de la paz; de una Iglesia que ha caminado al ritmo del progreso y ha sido testigo de los avances y retrocesos; de una sociedad, que lucha por la justicia social, muchas veces impávida, inmersa en la corrupción, el clientelismo y la arrogancia de politiqueros de oficio; de la riqueza de familias arraigadas en la fe, en las que los niños, adolescentes y jóvenes son un tesoro invaluable para nuestra sociedad.

Varias preguntas rondan en mi mente y en mi corazón: ¿qué ha pasado en el Quindío? ¿En qué momento perdimos la brújula? ¿Cuándo saldremos de este embrollo? Quisiera intentar una respuesta: los quindianos dejamos de soñar, entregamos las banderas de nuestra civilización a personas inescrupulosas y vendimos nuestra conciencia; quisimos tener nuestra propia siembra en el paraíso y dejamos que en el corazón creciera la cizaña, permitiendo que los colores políticos perdieran su brillo, se tiñeran del negro de la mentira, del púrpura de la intriga y del rojo de la insensatez. Después del terremoto, hemos podido ser una comunidad pujante, soñadora y emprendedora, pero nos ha vencido la terquedad, la negligencia y la soberbia. 

Nos preocupamos por reconstruir el tejido material: vías de comunicación, grandes edificios, arquitectónicamente bien construidos, puentes, comunicación entre los municipios, impulso turístico, promoción de la cultura y el arte, etc. Pero perdimos la brújula y se nos olvidó la reconstrucción espiritual: volver la mirada a Dios, entender que el temor de Dios nos abre a la dimensión de la honestidad, la laboriosidad y el bienestar. Quisimos reconstruir el tejido social, pero nos enredamos en la selva de la pobreza, creció la indigencia, se intensificó la inseguridad, se perdió la credibilidad en las instituciones, se nos aguó la fiesta. De entre los escombros del terremoto de 1999, renació la esperanza de un nuevo amanecer y empezamos de nuevo a soñar. Creo firmemente en que es posible sacar al Quindío de este embrollo en el que nos encontramos. Para ello, necesitamos unir esfuerzos, volver a creer en las Instituciones, valorar los esfuerzos de veedurías ciudadanas, promover la integración de iniciativas de los quindianos para no caer en la tentación del desánimo e incentivar un trabajo articulado en favor de los pobres para superar la pobreza rampante en nuestras comunidades. 

El Quindío merece ser el Paraíso y nosotros, todos, estamos en deuda con nuestro departamento. Tendremos que empezar a formar a las nuevas generaciones hacia el auténtico civismo, la cultura ciudadana, una cultura de la paz y la reconciliación. Para lograrlo, debemos diseñar estrategias conjuntas, para combatir el micro tráfico, superar la explotación infantil, la inseguridad y el turismo sexual, cuidar a nuestros adultos mayores, frenar el clientelismo, superar el desempleo, acabar con la indigencia y gobernar con honestidad. Celebremos y brindemos por este aniversario, como dice el himno, de esta “Bendita tierra quindiana donde la fe patriarcal y los reflejos del hacha nos abrieron la heredad”.


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