Opinión / ABR 08 2020

Falso dilema

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En alocución del domingo anterior, el presidente Duque planteó recurrir a un “aislamiento inteligente” para reactivar, contando con la responsabilidad ciudadana, algunos sectores económicos. Por un instante parecía regresar la sensatez a la Casa de Nariño. Vana ilusión. Apenas al día siguiente se desechó el cuerdo propósito, ampliando sin atenuantes el confinamiento obligatorio, para dicha de pocos, entre estos la alcaldesa de Bogotá, quien sueña con cerrar la capital de Colombia durante tres meses, y frustración de casi todos. 

Sus consejeros, políticos y burócratas obcecados en prolongar la inactividad económica del país, no tienen ni puñetera idea —diría un español malhablado—, del perjuicio irreparable que están infligiendo al conjunto mayoritario de la población. El discurso oficioso, de un simplismo irresponsable, aterrador, opuesto a los dictados de la razón, proclama: vida y salud son más importantes que la economía; como si se tratara de conceptos excluyentes uno de otro, como si esta última no fuera parte y condición inevitable de las primeras. Quienes desde la cómoda nómina estatal o las holguras privadas, esgrimen ese falso dilema, esa perversa disyuntiva, para defender la inmovilidad, el confinamiento extendido, la pasiva espera “aplanacurvas”, cuando toda esta demencia cese y morosamente nos reencontremos en la hoy elusiva cordura, intentando reparar los desastres que nos están legando, tendrían que confrontar, además de su propia consciencia, severos juicios de responsabilidad. Presas del temor a la muerte, aunque nadie ignora que a todos nos toca, temprano o más tarde, en el lugar e instante menos esperado, nos queda solo resignarnos al designio de los decretos. Espíritus libertarios, defensores de derechos individuales, la gran masa humana ajena al vínculo laboral con el Estado y sus agencias, quienes a diario debemos enfrentar todo tipo de contingencias en busca de subsistencia material, seguridad y prosperidad, celebraríamos que se confiara más en la inteligencia social, en el buen juicio ciudadano, para defendernos de amenazas virales, con tutelaje técnico, sin paralizar de manera indiscriminada las actividades productivas. Otros países adoptaron esa estrategia con mejores resultados.

El asunto crucial, en este caso, no es tanto la economía, término de complejidad y extensión mayúsculas, sino su base, el fundamento de ese colosal edificio: el trabajo, la labor humana. Ese don maravilloso otorgado a nuestra especie, presentado por el judeocristianismo como castigo y por el marxismo como mercancía siempre mal paga, no solo soporta la superestructura económica; sustenta, hace posible y dignifica la misma vida, la salud —física y mental— humana. En cuanto a proveer alimento, bienes esenciales y secundarios, sí; pero, igualmente —y esto es más importante, trascendental—, en su función “moral”, “espiritual”, de sustento anímico del homo, que antes que sapiens, fue faber. Al humano le restan el trabajo y lo reducen a casi nada. Nos impiden el trabajo, nos impiden existir.

 


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