Editorial / ABR 06 2020

Hace un mes

Además de una dura prueba de resistencia, esta emergencia es una gran lección y una buena oportunidad de mejorar como nación y como especie.

Hace un mes

El 6 de marzo pasado a una mujer de 19 años, que había llegado de Italia, le diagnosticaron COVID-19. Fue el primer caso de la pandemia en el país. Antes de esa noticia el virus propagado desde el gigante asiático era un tema de conversación pero no de excesiva preocupación. La mujer contagiada ya se recuperó, pero Colombia avanza a los días con las cifras más altas de enfermos por un brote que en pocas semanas cambió todo. Un mes después, el país amaneció con 1.485 casos confirmados de este coronavirus, suma 35 personas fallecidas y se han recuperado 88 pacientes. Solo 9 departamentos del país han permanecido inmunes a este microscópico enemigo que se ha esparcido en 192 naciones y ha provocado más de 64.000 muertes, y más de 1.100.000 contagios.

En el Quindío, el 18 de marzo se confirmaron los dos primeros positivos para COVID-19; una mujer de 46 años que llegó de Italia y un hombre de 18 años proveniente de España, recibieron atención en casa y se recuperaron. Hoy la cifra de contagiados por la pandemia en esta parte del país es de 23 y no se ha confirmado ningún deceso por esa causa.

Durante estos treinta días muchas cosas cambiaron radicalmente. Primero vino el distanciamiento social y con éste la prohibición del saludo de manos. Esa milenaria costumbre nacida como un gesto de nobleza para demostrar que no se traían armas, se eliminó del protocolo. Luego se prohibieron las concentraciones de personas y por último se decretó el encierro en casa. Todo bajo un ambiente de tensión, de miedo y de zozobra. Difícil prueba para millones de personas: quedarse en casa para tener salud o salir para rebuscar el pan del día so pena de regresar contagiados de un brote que aunque es curable en la gran mayoría de los casos, también produce la muerte. Hoy el miedo ha crecido tanto que la gente evita hasta la mirada para saludar. Rostros inexpresivos, cubiertos casi en su totalidad, miradas clavadas en el piso y paso rápido es lo común. Quien ose toser o estornudar en público será mirado con rabia y desprecio como si fuera portador de un arma letal. Así está la situación.

En lo económico el país asoma a lo más parecido a una recesión. Los despidos y la quiebra de miles de negocios, de no ocurrir algo parecido a un milagro, serán noticia en pocos días. Las cifras más altas de desempleo y tal vez un decrecimiento en la economía es lo predecible. Los salvavidas del Gobierno Nacional acaso si mitigan momentáneamente la situación de una pequeña parte de la población. ¿Y el resto, es decir la mayoría? Algunos expertos ya empezaron a hablar de que la curva de contagios en el país se empezó a aplanar. Ojalá atinen y haya una luz de esperanza en poco tiempo.

El modelo de salud colombiano, confirmó ante el coronavirus, que es deficiente y que se tiene que reinventar. En este departamento, como en la mayoría, el número de camas para atender un contagio masivo sería insuficiente. Por fortuna, los tres últimos días sin contagios en Quindío, le dan un respiro a las autoridades para seguir fortaleciendo personal médico y hospitales. Ojalá así lo hayan entendido. Sigue pendiente una zona blanca o limpia, bien sea para tratar solo pacientes con la COVID-19 o para pacientes de cualquier urgencia diferente a la pandemia.

Varias dudas quedaron, ya en lo político, sobre el liderazgo del Presidente de la República. Hasta ahora las medidas tomadas le dan la razón al plan de contención diseñado desde Presidencia; por el bien de toda una nación ojalá para este de mitigación se hable una sola voz. Preocupa que por momentos quede la sensación de que la alcaldesa de Bogotá arrea al Presidente. En cualquier caso, no es oportuna ninguna cuenta de cobro, hoy lo fundamental es el bienestar de todo un país.

 

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