Opinión / AGO 10 2020

Hermano Bergoglio

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Te pido que entiendas mi confianza, de llamarte hermano, pero es que no encuentro otra palabra más linda para hacerlo. Cuando decimos Padre nuestro, aceptamos que, hasta mi vecino, y los toros, son mis hermanos. Así pues, querido hermano, hace seis años te escribí una carta, que envié acompañada de dos libros de cuentos infantiles escritos por mí, Al Duendecillo bailador tampoco le gustan las corridas de toros, y Al Duendecillo bailador tampoco le gustan los circos con animales.

Éstos llegaron a tus manos, gracias a Monseñor Alberto Giraldo Jaramillo, y también la carta; en ella te hacía dos preguntas. ¿Será cierto que la Virgen de la Macarena protege a los toreros, y por qué la iglesia designa capellanes en las plazas de toros? En la respuesta no se respondieron mis preguntas; pero en la encíclica Laudato sí encuentro las respuestas. Citando a San Francisco de Asís, nos dices que nuestra casa común, es como una hermana que clama por el daño que le hacemos, pensando que somos propietarios y dominadores autorizados a expoliarla. Hermano Bergoglio, con la violencia que existe en nuestros corazones, hacemos que sufra el suelo, el aire, el agua y los seres vivientes. Nuestra casa común, clama por el daño que le hacemos, y dentro de la casa se escucha el llanto desesperado de las criaturas que consideramos inferiores y nos creemos con el poder de dañarlas y hacerlas sufrir.

En tu encíclica afirmas que el daño que le hacemos a nuestra casa común, es una manifestación externa de la crisis ética, cultural y espiritual de la modernidad. No podemos pretender arreglar nuestra casa, si no nos sanamos a nosotros mismos como seres humanos. Tenemos que empezar, nos dices, por valorarnos nosotros mismos, y reconocer al otro. De no ser así, cualquier concepción ética no pasará de ser una concepción vacía, disfrazada de humanidad. 

Porque no reconocemos al otro, porque nos creemos superiores, destruimos nuestra casa, y llegamos a la peor de todas las formas de violencia, como es, torturar y matar a otro ser vivo, por pura diversión. Nuestra ética, especialmente, debe manifestarse en el reconocimiento y respeto de los seres más débiles. 

Leyendo versos de San francisco de Asís, y leyendo tu encíclica, hermano Bergoglio, me reitero en el respeto por los demás, incluyendo a los animales, y dentro de estos, a los toros con cuya tortura y muerte, algunos humanos, afortunadamente una minoría, beben y gozan, desnaturalizándose cada día más. Por lo que nos dices en Laudato sí, entiendo que no estás de acuerdo con las corridas de toros, por lo tanto, la iglesia debiera prohibir las capellanías en esas plazas de tortura y muerte, y la Virgen de la Macarena, en lugar de proteger toreros, debiera proteger a los toros.

Humildemente, hermano Bergoglio, te ruego que ilumines a nuestros congresistas, para que apoyen el proyecto de ley 012 de 2020 cámara de representantes, que prohíbe las corridas de toros en Colombia, y bendigas a los representantes que presentaron dicho proyecto.


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