Opinión / JUL 08 2020

Integrar vivienda, agricultura y paisaje

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Mientras la pandemia de la COVID-19 cesa en su promoción a la muerte, al hombre del siglo XXI le queda la alternativa de enfrentar el mal haciendo  el bien,  buscando  y procurando sin desmayo la satisfacción de las necesidades sobre la base de defender los recursos naturales, verbigracia,  los productos de la tierra que  en Colombia son menospreciados como despreciados han sido los campesinos que la trabajan.

Uno se cansa de hablar tanto del desastre que hoy constituye la administración pública territorial por inepta, por la corrupción que la escolta y condiciona dentro de un sistema corto de espíritu  y escaso de  talento para pensar y construir futuro. La política tal cual se ejerce en Quindío no sabe más que alinear a los  súbditos  de sus pequeños escuadrones  electorales, incluidos los jefes administrativos, gobernadores, alcaldes, integrantes de gabinete y subalternos  obligados a compartir necedades  desde los inoperantes escritorios de la desidia oficial.

Permacultura  es una palabra con la que me encontré en  medio del confinamiento por la pandemia  y traída a una conversación  en días pasados con el agrónomo Jorge Vallen Franco, fundador de Panaca, un hombre con fuerza vital para enfrentar adversidades.

Permacultura tiene algunos significados  que deben  ser analizados  en profundidad por quienes  han querido para el país una agricultura permanente y sostenible. Yo simplemente  veo  que  el tiempo por el que atraviesa la humanidad por la pandemia, le ofrece al Quindío  alternativas,  solo que se requiere de políticas públicas para que las piensen.

La vivienda rural  en el formato de condominios en los que se puedan cultivar alimentos y con la calidad presentada en las zonas urbanas por los empresarios de la construcción, que  sostienen en cifras considerables la economía de Quindío, se debe pensar  mirando la posibilidad del cultivo de alimentos a menor escala  y para la familia, sin el efecto del contaminado sistema  comercial que produce utilidades que van a dar a los bolsillos de quienes no han tocado la tierra con una pala.

La idea tendrá que ser partiendo del eslogan que Panaca ha hecho conocer en Colombia: ‘Sin campo no hay ciudad’; que quede claro,  este no es un llamado a que todos nos volvamos campesinos.  El país los tiene con fuerza, con la vitalidad que no tenemos los citadinos. Lo que se espera para ellos es la erradicación de los intermediarios que comen de cuenta de los labriegos y que se ganan lo que ellos no han podido por estar sometidos a la pobreza  como resultado del sistema y que las ciudades se descongestionen y se hagan vivibles, pero sin aglomeraciones perturbadoras y perjudiciales.

El tema da para mucho rato  y los debates entre creativos profesionales  en condiciones de  estudiar  la permacultura,  tendrán que darse con descontaminada inteligencia y, sobre todo,  con visión  creadora de tal manera que el pospandemia nos encuentre  armados  para seguir  trabajando por una mejor calidad de vida en sociedades humanas que han sido ajenas a la protección y reconocimiento del valor de los recursos naturales. “La permacultura constituye un sistema sostenible que integra armónicamente, la vivienda, la agricultura y el paisaje”.  Ahí está el Quindío. 

 


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