Opinión / AGO 06 2020

La batalla que cambió la historia

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El papel del pueblo raso fue clave en la guerra de independencia. Puede ser que esas ‘pequeñas’ historias de las cuales hicieron parte mujeres, indios, esclavos y mestizos, no tengan toda la importancia de la grande. Que aquellos episodios que parecen aislados carezcan del trascendental alcance que a otros hechos se ha dado.

Un ejemplo, es este relato que comienza con la llegada —en 1815— de Pablo Morillo en tiempos de la reconquista española. El régimen del terror instaurado hizo que se formaran guerrillas patriotas para luchar contra los invasores españoles. Una de ellas surgió en la provincia del Socorro, fue conocida como la guerrilla de Coromoro o de Santos, creada y sostenida por Antonia Santos Plata y sus hermanos. Su centro de operaciones era una hacienda de su propiedad conocida como El Hatillo, en Cincelada, Santander.

A inicios de julio de 1819, un destacamento militar español llegó a la hacienda y aprehendió sorpresivamente a su dueña y a otros familiares. Esas tropas estaban bajo el mando del coronel Lucas González, uno de los más sanguinarios de la época. Este oficial había sido delegado por Sámano para atacar las guerrillas y evitar su fortalecimiento. El 25 de julio de 1819, el libertador Simón Bolívar obtuvo la victoria en la batalla del Pantano de Vargas, obligando a retroceder al español José María Barreiro quien sufrió un duro golpe y estaba a la espera de refuerzos. En la mañana del 28 de julio de 1819, Antonia Santos fue fusilada por orden de Sámano en la plaza del Socorro. Con ello pensaban dar una lección para mantener a raya a los revoltosos, pero el efecto fue contrario, pues avivó la llama de la rebelión.

Luego de cumplir su cometido, González partió rumbo a Tunja por orden de Sámano, al mando de 800 soldados bien armados para reforzar a Barreiro. Apenas había avanzado en el camino, supo la noticia de que Charalá había sido tomado por la guerrilla de Coromoro, destituyendo a las autoridades españolas. A su vez, los habitantes de la región fueron convocados, se conformaron milicias que fueron aleccionadas para enfrentar a los españoles. Los rebeldes sumaban 2.000 personas, entre hombres, mujeres, niños y ancianos, quienes se armaron como pudieron. Machetes, garrotes, piedras, mazos y una que otra arma de fuego, hicieron parte del ‘arsenal’ para enfrentar a los realistas.

González, muy temprano en la mañana del 4 de agosto, enfrentó a los valerosos patriotas en el puente sobre el Río Pienta, venciéndolos tras ofrecer una dura resistencia. Luego, avanzarían hacia el pueblo, siendo recibidos con descargas de fusilería, pero todo fue inútil. Calle por calle, casa por casa, los españoles masacraron no menos de 300 habitantes a bayoneta, violando y asesinando a las mujeres, degollando ancianos y niños.

Charalá y su ‘ejército’ fueron aplastados, sí, pero González no llegó a la cita con Barreiro y gracias a esa acción, el 7 de agosto, Santander y Bolívar salieron victoriosos. Así, ese pueblo que ofrendó su vida en la Batalla del Pienta permitió el triunfo en Boyacá.

 


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