Domingo, 26 Ene,2020
Opinión / JUN 06 2019

La constante totalitarista

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“La violencia y la crueldad son inseparables compañeras de la ignorancia”, recuerda Emilio Lledó, el más importante pensador español actual. Y quiero recordar aquella certera diferencia entre el llamado alfabeto analfabeta y el analfabeto, ya que este último si bien ni lee ni escribe pertenece a esas profundas culturas de la memoria común gracias a las cuales existió la agricultura, la arquitectura y se pasó de lo crudo a lo cocido.

El alfabeto analfabeta lee y escribe de corrido, cuenta con títulos universitarios, firma cheques, dirige negocios, escribe novelas, poemas incluso, pero es el resultado de una información instrumentalizada que no se convierte en conocimiento responsable, ya que desconoce el libre albedrío y bajo esta inercia está predispuesto a acogerse a que otros piensen por él ya que como sabemos pensar es siempre algo muy peligroso. Magris lo aclara: salvaje es quien vive en una cultura distinta a la cultura racional de occidente y vive, como lo ha demostrado Lévy Strauss, con códigos admirables de conocimiento y normas profundas de convivencia que deben ser estrictamente respetadas. Bárbaros en cambio son aquellos que con apariencia de civilizados justifican cualquier forma de violencia que beneficie sus intereses. ¿Cuál puede ser entonces la política que un bárbaro como estos puede proponer? ¿Cuál la paz que trata de imponer? Es aquí donde irrumpe la crueldad que conlleva esta ignorancia que se impone manteniéndose, como hoy en Colombia, en una conspiración permanente que imposibilita el diálogo, la posibilidad de un nuevo pacto social. Por eso dice Hannah Arendt: “el sujeto ideal para un gobierno totalitario no es el nazi convencido ni el comunista convencido, sino el individuo para quien la distinción entre hechos y ficción, entre lo verdadero y lo falso han dejado de existir”.

La finalidad obsesiva de esta falsificación de la verdad es, como lo vemos, tratar de convencernos jurídicamente de que el narcoterrorismo no existió y por lo tanto la extradición no tiene justificación. Pero lo peor es que existan bárbaros alfabetos que se crean esto, ya que su fundamentalismo los ciega a la hora de enfrentar la complejidad del postconflicto, el cual reducen a lo más fácil: propugnar el relativismo moral y no la investigación, inventando sofismas de distracción ante la tragedia de las secuelas de la violencia. En las elecciones de Europa acaban de triunfar la juventud y el liberalismo, o sea el humanismo y la democracia, el derecho a la pluralidad; en España políticamente ha desaparecido el populismo de ‘Podemos’ de Pablo Iglesias, la versión de nuestro petrismo, lo cual constituye el triunfo de la voluntad de cultura y de civilización contra la amenaza de los fundamentalismos. Supuestamente aquí ni llegamos a enterarnos de lo que ha acontecido porque mantenemos aislados, confundiendo ignorancia deliberada con inocencia, ha sido precisamente una de las estrategias utilizadas para crear indiferentes ante la barbarie que el narcotráfico y la política anuncian de nuevo.

En Marea, Enrique Santiago puso el ejemplo de Colombia amnistiando a las Farc para solicitar que España amnistiara a ETA. Y todavía no se había firmado el acuerdo de paz en Colombia.


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