Viernes, 22 Nov,2019
Opinión / OCT 17 2019

La cuarta carabela

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En el tercer viaje de Cristóbal Colón a las nuevas tierras conquistadas para la corona española, las tres carabelas vararon sus complicados armarios cerca del cayo donde se encontraba un bajel destartalado, cuyos tripulantes semejaban a fantasmas gesticulando ayuda; había frustrado su destino debido a su condición precaria y ahora las olas bravías lo empujaban contra los riscos alejándolo de su meta, un puerto de corsarios y piratas de cuyo nombre no se tiene recordación. 

El almirante ordenó que un grupo de expedicionarios atendiera la emergencia. Quienes gritaron: ¡Son españoles cristianos y padecen una rara enfermedad, vomitan ríos de tinta! Entonces, Colón envió al  notario con algunos enfermeros.

El escribano, hombre tuerto y picado de viruela, registraría a cada uno de estos marineros improvisados mareados y borrachos. Después de bajar por su guargüero un largo y ardiente trago de ron, anotó en el libro de viaje: “Buque Pandora”, y comenzó su faena: “Santo y seña, Lázaro de Tormes, oficio, mendigo profesional, ¿El ciego viaja con usted?, es mi nuevo padre, nombre del antiguo progenitor, no se sabe. Estos van para la Pinta”… “Santo y seña, Celestina, oficio, proxeneta, nombre de su padre, Fernando de Rojas. Esta va para la Niña”… “Santo y seña, don Pablos, oficio, rebuscador titulado, nombre del padre, Francisco de Quevedo.  Este también para la Pinta”… “Santo y seña, Pedro del Rincón —Rinconete— y Diego Cortado —cortadillo—, oficio, graduados en la escuela del crimen de Monipodio, nombre del padre, Miguel de Cervantes Saavedra. Estos para la Santa María”… “Santo y seña, Alonso Quijano, oficio, Caballero andante, nombre del padre, El Manco de Lepanto. Este loco igualmente para la Santa María”... Y así continuó por largo rato mientras terminaba de beberse su litro de caña, dejando pasar solo los que podrían ser útiles al reino lanzándolos dentro de la barca-ambulancia.

Una vez, en un puerto clandestino del Caribe fueron dejados sobre la blanca arena. Recuperados de la resaca estos fantasmas literarios salidos de castillos de papel comenzaron a internarse entre las callejas de las recientes poblaciones fundadas en el Nuevo Reino. Germinaron y treparon como la hiedra a medida que se multiplicaban las poblaciones hasta invadirlo todo: semáforos, calles, locales comerciales, hoteles, edificios, instituciones, la Cámara, el Senado, todo el aparato administrativo, el Estado completo.

Así, América fue conquistada, colonizada, saqueada, empobrecida y destruida.


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