Opinión / AGO 08 2020

La fe

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Del latín fides: confianza; sus sinónimos son: creencia, certeza, seguridad, convicción. Esta expresión tan usada en nuestra vida, en la mayoría de nuestros actos, es la fuerza que nos apoya, que nos alienta, que nos lleva a creer en la gente que nos rodea —llámese familia, amigos, compañeros de trabajo—, es la fortaleza que hace que no claudiquemos en nuestro empeño por conseguir algo, es como el alimento que nutre nuestro espíritu.

La fe nos conduce, nos ilumina y fortalece nuestras aspiraciones, nuestras metas. Ahora bien, cuando nos referimos a la fe religiosa, aquella que nos inculcaron cuando niños: la maravillosa fe en Dios, en la Virgen, en los ángeles; sabemos quienes aún la conservamos, que es la que nos sostiene en muchas de las vicisitudes de la vida, es la que está presente en las adversidades, en los momentos de angustia, en la enfermedad, en los reveses, en las desgracias y que se hace presente en el momento de la muerte. 

Es esta la más combatida hoy, la más a la deriva, la que no sabemos explicar a los niños y jóvenes de la generación actual. Ya no estamos preparados  para hablarles de aquella fe que en el colegio nos enseñaron: “Fe es creer lo que no vemos porque Dios lo ha revelado”. Nos sirvió en su momento, la aprendimos, la definimos cuando en alguna evaluación nos la preguntaron; hoy, todo ha cambiado, ha evolucionado y está acorde con el convulsionado mundo que nos ha tocado y en el que vemos a las generaciones más jóvenes vivir una vida ceñida a explicaciones científicas, en las que han desaparecido a Dios, en las que se esfumaron las oraciones para pedir por el buen resultado de una evaluación en el colegio o de un parcial en la universidad. ¿Quién dijo rezar? ¿Quién dijo arrodillarse a orar? Aunque todavía vemos mucha gente, que aun siendo joven, como los jugadores de fútbol, mirar hacia el cielo y hacer la señal de la cruz cuando consiguen marcar un gol y no solo en este deporte, también lo vemos  en otros y en diferentes situaciones como ocurrió con el terremoto que vivimos, donde hasta el más descreído exclamó: ¡Dios mío! y se arrodilló a implorar clemencia. 

Pero nuestra fe se tambalea; se afecta como todo en la vida, por circunstancias, por influencias, por todos aquellos que gozan con hacer sufrir, con hacer dudar, con llevar a la gente a una incredulidad total. Hoy, en la situación actual de nuestro querido país, sí que tenemos que fortificar nuestra fe, sí que debemos arrodillarnos a orar, creyendo profundamente que Dios podrá ayudarnos con todo su poder, para salvar a Colombia de todo lo malo que pueda sucederle en un futuro; y será esa fe unida de tantos colombianos buenos, la que logrará un ¡inmenso milagro! 

“La fe es la fuerza por la cual un mundo destrozado emergerá a la luz”, Helen Keller.

 


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