Opinión / JUL 10 2020

La telerrealidad

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Un presidente casi de ficción, por ilegitimo y porque exuda imaginería burocrática, sale a entretener por televisión a sus apacibles conciudadanos a las 6 de la tarde. Perora sobre billones de pesos que danzan en las cajas de los bancos y dice, como si fuera un hombre bien intencionado, que van dirigidos al comercio, a los pequeños empresarios y a la gente del común. 

Confinados, angustiados por el presente, desconcertados por el futuro, sentimos que algo titila y falla en la imagen de esa telerrealidad. 

Los dineros no fluyen por el ducto. Caen monedas a cuenta gotas sobre el tapiz roto de nuestra fe. Un programa ampliado de Familias en Acción recibe unas migajas y las bolsas, repletas, desfilan para el estómago infinito del sistema financiero. Los bancos, blindados, se apertrechan en su noción de sistema, de trámites inacabables y de endogamia financiera. Nada por aquí, nada por allá: la magia existe.

Mientras esa maniobra de artificio ocurre por televisión, el país real cae a pedazos. Lo lograron dicen muchos: a punta de risas, en el sótano hediondo de un país crédulo, manipulable, por cuenta de la pandemia, experimentamos una realidad alterna, y el acuerdo se hace trizas. 

Hace pocos días, 94 congresistas norteamericanos notificaron a Mike Pompeo, uno de los alfiles interesados de Trump, de que en Colombia el gobierno ya había alcanzado el objetivo central de desmontar el proceso de paz. 

El conflicto, en las zonas rurales y en la Colombia profunda, arde y se reinicia como una máquina, ya entrenada y engrasada, de desplazamiento y barbarie que solo conviene a los agentes profesionales de la guerra. 400 defensores de derechos humanos, desde 2016, han sido asesinados ante la mirada pasiva del gobierno nacional.

En esa carta, los legisladores alertan al gobierno de Estados Unidos de la aparición, durante este tiempo, de nuevos grupos paramilitares. 

En la misma semana, el arzobispo Darío de Jesús Monsalve, como buen desobediente dentro de la iglesia católica, dice que el gobierno auspicia un genocidio en Colombia. Decenas, centenas de excombatientes, ya reinsertados, mueren todos los días por cuenta de una política formal que se activó: se hace trizas el acuerdo si los mismos firmantes son perseguidos por el Estado y sus emisarios. Lo mismo que ocurrió, sin que nadie chistara, con la Unión Patriótica.

La historia, como una maldición, se repite. Algunos emprendedores, asépticos del buen decir, exclaman que hay que mirar hacia el futuro, como si la sal no fuera el olvido, ese hábito de esperar como una estatua que por la gracia divina alguna cosa distinta suceda. Dios proveerá dicen, mientras afilan el lápiz para firmar un contrato.

En un plano de la realidad, el mago nos muestra el sombrero, el conejo y sonríe. Acá, en la dimensión de lo real, la gente de carne y hueso huye del desamparo y se lanza, con hambre y desespero, sobre las llamas de una ilusión.

 


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