Viernes, 22 Nov,2019
Opinión / OCT 14 2019

Lección de humanidad

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Muchos comentarios a nivel nacional e internacional ha recibido el experimento social realizado por monseñor Carlos Arturo Quintero Gómez en el marco del primer Congreso de Pastoral Diocesana, en el que abordaría la ponencia: “Doctrina Social de la Iglesia desde el Papa San Juan Pablo II hasta el Papa Francisco”. Consistió en disfrazarse de persona en situación de calle —con maquillaje y todo—, ingresar al recinto, ubicarse en varios lugares, procurar interactuar con algunos asistentes y percibir las reacciones frente a él.

Según sus palabras, quería conocer de primera mano la reacción de los asistentes al ver a alguien en esta situación dentro del auditorio. Con una cámara oculta fueron registradas las reacciones. Algunos se portaron con indiferencia, otros lo evitaban o miraban con temor. 

Cuando el obispo —caracterizado de la manera dicha—, fingió caerse, ninguno le prestó ayuda. Fue tamaña la sorpresa que se llevaron al descubrir que ese al que habían rechazado o simplemente ignorado… era el máximo jerarca de la iglesia católica local. Nadie lo reconoció ¡Cómo hacerlo!, pasando por encima de él, evitando su mirada y esquivando su presencia.

Interesante esta propuesta del obispo, que como psicólogo y comunicador social, supo idearse una estrategia que sin duda sensibilizó socialmente a los asistentes al Congreso y pudo mostrar, desde un hecho real, algo que sabemos: las personas en condición de calle despiertan rechazo, incomodidad e indiferencia.

Tres reflexiones.

Primera, es preciso ponerse en el lugar del otro, para habitar su dolor y su angustia, para comprenderlo. Es fácil juzgar, ignorar o suprimir a alguien, solo porque desconocemos su realidad. Quienes hoy duermen en los andenes, mendigan una moneda o un mendrugo de pan, circulan por las calles con ropas maltrechas y en precarias condiciones de aseo, siguen siendo personas, poseen dignidad, sentimientos y necesidades. Se duelen con la mirada de fastidio o desdén que les dedican, se sienten lastimados con las negativas y afrentas, están excluidos, solos, vulnerables y necesitados.

Segunda, es fundamental bañar con una mirada de misericordia y cariño a esos que necesitan apoyo, comprensión y consuelo. Superar los paradigmas que, de alguna manera, ordenan el rechazo ante quien huele o luce mal… Ver al hombre… a la mujer, que subsisten todavía detrás del rostro marcado por el gris de las carencias y la acumulación de las fatigas. Urge ver más allá de la película de mugre, esa cara que necesita confianza, compañía y amor.

Tercera, la solidaridad es algo más que compartir bienes materiales o entregar ayuda. Claro que es importante, sin embargo, no puede ser lo único. Más relevante que dar cosas, es abrir el corazón… Más importante que entregar algo para comer, es alimentar el alma y el espíritu del otro, con una sonrisa, un gesto de cariño, una expresión de amabilidad.

Que aprendamos a amar de forma concreta, en especial, a quienes lo necesitan más.


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