Opinión / MAY 28 2020

Libros de fondo

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Ver a alguien leyendo y obsesionarse por descubrir de qué libro se trata. Esto le pasa al personaje del cuento De reojo, del escritor David Betancourt. Con más o menos frecuencia, y sin llegar necesariamente a ser una obsesión, creo que a todos los devotos de los libros y la lectura nos ha picado alguna vez la curiosidad por enterarnos en qué libro se encuentra sumergido nuestro compañero de asiento en el bus, en qué historia se pierde el adolescente en la banca de un parque, qué versos embelesan a la muchacha que alarga un capuchino en la última mesa del café. 

Ver libros, ojearlos en las bibliotecas públicas, tocarlos y olerlos en las librerías, dejarnos tentar por un título, una recomendación del librero o una reseña de solapa; estos son algunos de los placeres que han quedado en suspenso por la cuarentena y que celebraremos, sin aspaviento, cuando podamos recuperarlos.

En lo personal, una nueva ‘fijación libresca’ ha surgido en estos días de confinamiento: poner la mirada en los anaqueles al fondo de quienes han asimilado la nueva ‘telerrealidad’ de la educación y la difusión cultural. Con las ferias del libro y los grandes festivales literarios ofreciendo programaciones virtuales, con la urgencia de seguir enseñando, hacer algo con el tiempo libre y compartir contenidos y lecturas, hemos visto cómo los escritores, libreros, profesores, promotores de lectura, bibliotecarios y lectores comunes han permitido la entrada, a través de una pantalla, a la intimidad de sus bibliotecas, o al menos a esa pequeña porción que se ubica justo al frente de los dispositivos con los que se conectan.

Pensé en esta fijación al ver una de las recientes viñetas del historietista escocés Tom Gauld. Con su estilo minimalista y humor punzante ubica a un hombre que está reorganizando su estantería. Tres pilas de libros en el suelo están señaladas con estas leyendas: “Los libros que quiero leer”, “Los libros que debería leer”, y “Los libros que ahora me doy cuenta que ni siquiera con semanas de aislamiento obligatorio me inducirán a leer”. Los que ya tiene ubicados en los anaqueles son “los libros que quiero que la gente vea en las llamadas de Zoom”.

Pequeña o grande, nuestra colección de libros es un tesoro que por supuesto no está mal exhibir. Los que compramos con un primer sueldo, los que nos han regalado, los que releemos cada tanto, los que no han sido abiertos, los que hemos abandonado y conservamos para darles una segunda oportunidad, todos conforman lo que Alberto Manguel llama la “biblioteca ideal”, que es “una antología eterna que siempre se renueva”, en la que cada página es la primera y ninguna es la última. 

Los libros y la lectura han sido para muchos la mejor compañía en estos meses de confinamiento. Se ha demostrado que la virtualidad no riñe con ese objeto antiguo y fascinante, y que por el contrario, una ventana virtual nos puede conectar con los libros de otros que, en el fondo, también son nuestros. 

 

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