Opinión / JUL 15 2020

Los veiticinco de Palosanto

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Un cuarto de siglo en escala cósmica es un minúsculo instante. En lo referente a realizaciones humanas, en cambio, el tiempo adquiere dimensiones distintas, relativas a nuestro ciclo vital; en este plano, veinticinco años son un lapso considerable, más del tercio de una vida promedio. Sucesión de hechos, circunstancias que, visto el vertiginoso ritmo contemporáneo de cambios y revoluciones en todos los órdenes, copan cualquier capacidad de asimilación. 

Mediando el año 1995, fintas del azar, coincidieron en predios quindianos dos voluntades, dos talentos, en un proyecto artístico-pedagógico de trascendental realización y proyección. Hoy, los logros de la Academia Musical Palosanto, con sede en Calarcá, admirables, dignos de efusivo reconocimiento, durante cinco lustros, están a la vista. Bajo la dirección de los maestros, Gloria Fajardo, quindiana, y Marco Antonio Fernández, nariñense, académicamente formado en Popayán, la institución inició labores en una veterana casona del centro histórico, cedida en comodato por el médico Hernán Jaramillo, entonces director del hospital local, propietario de la edificación, demolida en años recientes para dar cabida a un centro comercial. 

Tras el terremoto ya sin la compañía de Gloria, con la dinámica asistencia de Paula Ocampo, Palosanto alcanzó plena identidad como la única institución, en el plano local, con una oferta integral de formación musical para la juventud calarqueña. Quince mil alumnos, beneficiarios de sus programas, son la fértil siembra social de directivos, del selecto equipo de docentes partícipes del proyecto. Desde el primer día, y durante el dilatado periodo que hoy celebramos, el objeto social de la academia, comprendido como propuesta de integral de formación, no solo desde la perspectiva artística, sino humana, ética, de exploración y desarrollo de  talentos, de valores de convivencia, en armonía y respeto por el otro, se ha venido cumpliendo con brillo y rigor. Insisto, la cosecha es copiosa. Quienes escogieron la carrera musical, han logrado triunfos, distinciones académicas, artísticas, dentro y fuera de las fronteras patrias; los demás exalumnos y receptores de la labor, dan permanente testimonio de gratitud por lo recibido. De sus aulas, de sus procesos, se han originado réplicas locales, regionales, que nutren la tradición de Calarcá, del Quindío, como distinguido territorio cultural. Por ninguna otra razón, la Academia Musical Palosanto tiene un lugar, renovable año a año con idéntica entrega, con perseverancia y tesón, en los programas estrella del ministerio de Cultura. Del municipio y el departamento, los reconocimientos y los recursos, por desgracia, han sido intermitentes. En este oscuro callejón anímico en el cual nos debatimos, resulta iluminante contar con tan positiva presencia en nuestro ámbito

La alimaña pandémica puede impedirnos el abrazo presencial; pero no el alborozo social que suscita el acontecimiento. Gratitud perdurable, ojalá traducida en apoyos efectivos, para la institución y sus integrantes. Ningún obstáculo los detendrá.  


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