Opinión / JUL 13 2020

Madre y maestra

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

La espiritualidad es fundamental para la vida humana y la sociedad, representa el encuentro con la trascendencia, la conexión con una realidad superior y la posibilidad de profundizar en el propio ser. Es un puente invisible, que puede conducirnos a muchos lugares y emociones: consuelo, serenidad, esperanza, alegría… La relación con Dios, es una puerta que lleva hacia una vida donde la confianza, la certeza de una presencia que ayuda y conforta y la convicción en un futuro positivo y posible, nos animan.

Hay quienes creemos en un Ser Superior, otros, se mantienen en el escepticismo o la incredulidad. Las dos maneras de transitar por la vida son respetables, porque representan una consecuencia de la libertad personal —don sagrado—.

Para los creyentes, las prácticas de piedad, la vivencia de los sacramentos, escuchar la Palabra Sagrada y en general, participar de los oficios religiosos en comunidad, es parte fundamental de la vida.

Concurrir a un templo, escuchar un Salmo o el Evangelio, orar en compañía de otros que comparten su devoción, ponerse de rodillas y experimentar la conexión divina, es esencial, tanto, que muchos tienen como parte de su rutina diaria asistir a la Eucaristía, para prepararse ante los desafíos del día, serenar su espíritu, aquietar su mente y poner en manos superiores sus preocupaciones. Para una gran cantidad de personas, poder concurrir a un templo en el que su fe encuentre eco, en donde siente que sus oraciones son escuchadas y experimenta la compañía de otros, con similares creencias y necesidades, es algo maravilloso.

Es positiva la apertura de los templos, que estuvieron cerrados en este tiempo de aislamiento, con la ausencia de feligreses ávidos de concurrir a sus celebraciones y rituales. En ésta área —la de la vida espiritual—, como en muchas otras de la cotidianidad social, habremos de aprender a convivir con el riesgo que engendra la actual situación de salubridad. Deberemos gestionar la emoción del miedo, transformar sus vibraciones en prudencia y auto cuidado, hacer de los elementos de protección y los protocolos de limpieza y desinfección, parte de nuestros hábitos e ir por la vida, aprendiendo a trabajar, estudiar y vivir la fe, en un marco de protección personal y social.

Para resaltar de este tiempo de aislamiento, el magnífico papel jugado por la Diócesis de Armenia y las parroquias, que han mantenido el contacto con su feligresía utilizando medios virtuales. Han aprendido a comunicar la devoción a través de la pantalla, han mantenido vigentes los oficios diarios, llevando amor, sabiduría e iluminación a las almas por medio de las plataformas tecnológicas y han encontrado maneras para acompañar a los enfermos y fallecidos, haciendo presencia donde se necesitan.

 


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