Opinión / JUN 05 2020

Matarifes

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

La campaña de expectativa, tipo Hollywood, y cierta maldad de corazón, me hacen pensar que Matarife, la serie de Daniel Mendoza sobre la vida política de Álvaro Uribe Vélez, es la justicia simbólica que muchos pedíamos y la reivindicación que millares de víctimas han esperado en Colombia. Pero no es cierto.

La serie en sus primeros capítulos, si bien acude a las investigaciones de algunos periodistas, no deja de ser el lugar común de las acusaciones contra el expresidente, y ninguna prueba aporta a ese expediente de impunidad. Es más, se convierte en un libelo más, sustentado en la debilidad de unos adjetivos que algunos encontramos justos, pero que desdicen de la seriedad y la imparcialidad que debe tener una investigación.

El escándalo baja por las escalinatas del coliseo virtual y nos embiste a todos. Aplaudimos con frenesí. Nos embarga la sed de venganza y la expresamos en contra de un actor político que entendemos como la quintaesencia de la crueldad. Un hombre que sembró vientos y ahora recoge tempestades. 

Las nuevas generaciones, más sensibles y educadas, en poco tiempo le desmontarán, por omisión, el partidito de garaje que tiene en Colombia Uribe Vélez. 

No sobrevivirá al incremento intelectual de los jóvenes de hoy y de mañana. El asunto clave es el presente: no podemos perder la razón quienes, durante casi 25 años, venimos manifestando un disenso frente a lo representado por el actual senador: machismo, racismo, unilateralismo, violencia como estrategia y negocio, populismo de derechas, homofobia, clasismo feroz, en fin, algunas de las lacras emocionales, colectivas, con las que nos cogió el siglo veintiuno.

No podemos parecernos a esa Colombia oscura, y menos a las categorías de sus seguidores, que los tiene de todos los perfiles: los ingenuos, que por ignorancia creen en sus buenas intenciones; los interesados, que comen de su misma fuente pútrida; los instrumentalizados, que reciben a cuotas las familias en acción, y los pura sangre, aquellos que estiman que son elegidos por Dios y por Uribe para compartir la riqueza de una nación que no los merece o los que, por fantasear con su inteligencia superior, imaginan que tienen derecho a robar o a eliminar en nombre de unos fines mayores. Una legión de hombres y mujeres que aún viven en el pasado y dentro de una burbuja de odio o de venganza.

Debemos pedir justicia a la Corte Suprema de Justicia y confiar. Pero no podemos, por cuenta de una ligereza mediática, convertirnos en los verdugos de la verdad procesal que debe existir en alguna parte, en algún recoveco de Colombia. 

Matarife es un pasquín que en nada coadyuva a la justicia. Es un linchamiento mediático, una eliminación del otro a través de hipótesis sin pruebas convertidas en certezas. No podemos apretar el gatillo simbólico de la exterminación moral del otro.

No podemos, por la gritería en la tribuna digital, volvernos todos los matarifes de esta época.

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