Martes, 24 Sep,2019
Opinión / JUL 20 2019

Mirador de los vientos

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Como en el poema de Octavio Paz, en este otero y sus alrededores “todo es del viento”. Brisa suave o impetuosa que por allí deambula, se va, o regresa para señalarle al visitante las respiratorias cadencias, fragancias, tonalidades y relieves del paisaje entre tan productivas montañas.

Viento aclimatándose sobre el jardín, a la espera de turistas sin prisa, en el mirador de los vientos; entre cedros negros en crecimiento; bajo sombreadores guamos, el café y otros árboles sembrados con perseverancia por el caficultor y músico Guillermo Escobar Baena, y su esposa Gloria María Ramírez, propietarios del apacible recinto en la vereda Samaria, de Caicedonia. Entre 400 veredas colombianas, es reconocida por la Unesco como patrimonio de la humanidad. “La trampa del tigre”, se le llamó a este caserío recién fundado. “Todo es espacio; /vibra la vara de la amapola/ y una desnuda/ vuela en el viento lomo de ola. /Nada soy yo, /cuerpo que flota, luz, oleaje; /todo es del viento/ y el viento es aire/ siempre de viaje”. Quien visite a Samaria, retornará por cualquiera de las seguras vías que conducen al tranquilo poblado. Paraje como extraído de un cuadro del primitivista colombiano Noé León, encajado entre diversos altozanos. Gloria y Guillermo, junto con otros habitantes del caserío, partes sensibles de la exuberante acuarela samaritana matizada por mujeres como Lina Marcela Gallego Valencia, cuya espontaneidad exhorta a hospedarse allí, para presenciar en la noche el despejado y grandioso despliegue de estrellas, impulsan proyectos comunitarios que hacen cada vez más atrayente el equilibrado desarrollo de la vereda. Los versos de paz envuelven en verdes jade, esmeraldas, olivas o aceitunados los sentidos y el espíritu de quienes llegan a Samaria, desde cuando se acercan al pintoresco caserío por la encumbrada carretera que entre platanales, cafetales y mangos, de Caicedonia conduce a sus puertas; o por la que despunta ondulante de Sevilla. O aquella que traspone los bosques de Frontino, por donde a Samaria llegamos la primera vez con san Javier de los árboles y las peñas blancas, en una errabunda peregrinación silvestre de 250 kilómetros, hacia Génova, vadeando la verticalidad de Cumbarco y sus casas. Una guitarra, fénix de cuerdas, que Guillermo dio a guardar a su amigo Enrique Cardona, jovial compositor samaritano, único objeto que años atrás escapó del incendio de su hogar, simboliza la resurrección del sitio, convertido hoy por hoy en majestuoso mirador de 180 grados de paisaje, y el sólido cimiento de varios proyectos en marcha y una pujante empresa, Café Sello Mujer, que agrupa 30 campesinas trabajando por objetivos económicos precisos. Las 21 viviendas de San Fernando, que parecen casas de algún cantón suizo, pueden ser el mayor atractivo turístico del caserío si sus propietarios las mejoran.


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