Domingo, 15 Dic,2019
Opinión / SEP 24 2018

Mujeres berracas

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No hay duda, alguien tendrá que escribir algún día, la increíble y triste historia de los avatares del poder en el Quindío y ‘sus mujeres desalmadas’. Esta región que en mucho se limita obediente a seguir los parámetros sociológicos y antropológicos del contexto que nos rodea, parece desviarse por caminos inesperados cuando del comportamiento femenino se trata, en el poder, al lado del poder o detrás del mismo.

Alcaldesas, concejalas, gobernadoras, congresistas, diputadas, novias, esposas, celestinas, socias o primeras damas, después de tímidas incursiones señoriteras de caciques y caciquitos al principio, las mujeres han gobernado con talante varonil este departamento, casi siempre con mano firme y sin corazón grande. Las hemos tenido ambiciosas, autoritarias, atrabiliarias, groseras y frenteras en el ejercicio de demostrar que la corrupción no es una opción de género vedada al sexo femenino.

Hay que ver lo que hemos visto, siempre creímos que en materia de clientelismo y de hipermetropía política, nuestros hombres públicos no tenían rival ¡y vaya a ver los que hemos tenido! Sin embargo, hoy es forzoso aceptar que al lado de ciertas mujeres, las maniobras de los políticos de la tierra empiezan a parecernos juegos de niños.

¿Tendrá que ver esta conducta de nuestras féminas políticas con una decisión deliberada y colectiva encaminada, de un día para otro, a abandonar los costureros, soltar las tijeras de jardinería, o renunciar al acompañamiento a las luchas contra la vena várice? ¿O será por el contrario un comportamiento aprendido de los hombres?

Debemos preguntarnos entonces ¿cómo hemos construido el sujeto político mujer en el Quindío? Está claro, que ese no se construye solo, por generación espontánea dictada por la progesterona, se necesita un entorno, se necesita un modelo que parta de una imagen, un modelo cultural inspirador, un deber ser, que, aquí, tuvo que pasar seguramente por el comportamiento de los hombres dedicados con éxito a esa actividad: unas formas masculinizadas del poder.

Por desgracia en estas latitudes, a falta de otros referentes, política y machismo continúan siendo un matrimonio indisoluble, el buen político, a juicio de muchos, el gran jefe, es justamente el atravesado, el autoritario, el osado que no se para en mientes, que subyuga a la hora de ejercer el poder, el patrón.

Ciertas hormonas tienen, entonces, un papel decisivo en el comportamiento político de electores y elegidos, hay que saber administrar la testosterona, llevar los pantalones bien puestos si se quiere tener futuro y de eso han sabido aprovecharse algunas mujeres que con cualidades afines al machismo, aprovechándose de la debilidad o cómplices de la malicia de sus hombres, fungen como determinadoras a la hora de gobernar al Quindío.

¡Bogotá necesita una mujer berraca!, decía el eslogan de Leonor Serrano de Camargo cuando quiso ser alcaldesa de la capital. Nosotros tendríamos que afirmar: ¡Pa’ berracas las políticas del Quindío!

 

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