Lunes, 16 Dic,2019
Opinión / NOV 14 2019

Neoliberalismo, la enfermedad

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Como sociedad o como modelo económico o como forma de gobierno, en la práctica tenemos dos opciones: el neoliberalismo y la socialdemocracia; ambos capitalistas, pues el comunismo ya no es una opción democrática.

En el modelo neoliberal, la sociedad gira en torno al producir, al facturar, al consumir y al atesorar, se gira en torno del tener y no del ser, lo opuesto al humanismo. Aquí se le apuesta a un estado débil, poco regulador y poco garantista, ya que los recursos y funciones del Estado se le deben entregar al poder económico, que ‘sí sabe dinamizar la economía’, pues todo lo que se invierta en dignidad de un pueblo —derechos fundamentales y servicios públicos— se considera gasto o pérdida.

En el modelo socialdemócrata se le apuesta al mismo indispensable capitalismo que en el modelo neoliberal, sin que el Estado sea dueño de los medios de producción y blindando la propiedad privada, pero se invierte en un Estado que regule al poder económico; además se invierte para que los derechos fundamentales y algunas veces los servicios públicos sean socializados —nada que ver con socialismo—, es decir, a cargo y regulados estrictamente por el Estado, sin que generen lucro económico más allá del bienestar social. En este Estado no se consideran las garantías laborales un lastre para la economía, ni los derechos fundamentales un gasto, se consideran una inversión social y el producto es un intangible, el producto es la dignidad de su pueblo; no se orbita en torno del tener, sino en torno del ser y del capital humano.

Gran parte del lucro o utilidad o de los excedentes en la producción que el poder económico atesora en una sociedad neoliberal lo invierte para montar al Estado; un Estado montado por el poder económico que le garantice a este poder mantener el monopolio sobre los recursos que todos poseemos para tener una vida digna, en una patología social denominada totalitarismo invertido; pero esta gran enfermedad que implica un Estado montado por el poder económico local o multinacional —FMI, Banco Mundial y demás entes derivados del consenso de Washington—, se agrava en Colombia con el fenómeno social de la narcoindustria, la cual incursiona a formar parte del Estado, ya no solo para no ser judicializada, sino para apoderarse de los jugosos carteles de la contratación, que generan más lucro que el ‘coronar un cargamento’.

Es deber entonces, para tener una sociedad sana, que los docentes y referentes sociales instruyan en pensamiento crítico a las nuevas generaciones, que las blinden para que dejen la concepción de que velar por un Estado fuerte e independiente del poder económico, significa ser comunista o mantenido, so pena de seguir apoyando al verdugo que se queda con los recursos de la dignidad de todos.

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