Lunes, 16 Dic,2019
Opinión / NOV 12 2019

No a la anarquía

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Las recientes revueltas en algunos países de América Latina no obedecen a causas similares, en cada caso ha ocurrido una situación peculiar: en Ecuador, el aumento de la gasolina provocó un estropicio gigantesco, que por poco tumba al presidente Moreno; en Chile, las nuevas tarifas del Metro generaron una cruda violencia que aún persiste; en Bolivia, un aparente fraude electoral que eterniza en el poder a Evo Morales, produjo la ira de los ciudadanos con graves y continuos enfrentamientos con la fuerza pública, sin descartar, desde luego, el estado calamitoso e irregular de Venezuela.

A ojo de buen cubero parecerían movimientos sociales esporádicos y episódicos, pero es claro que se observa el crecimiento de un ambiente enrarecido a todo lo ancho del continente, en donde pescan personajes encapuchados para crear zozobra y sembrar anarquía; es claro que las protestas ciudadanas hacen parte del ABC de la democracia moderna, de sus conquistas y de los rechazos a las malas prácticas políticas y a la corrupción, pero la anarquía que genera daños cuantiosos a los comerciantes o a los monumentos y el patrimonio de las naciones, no podemos aplaudirla porque desdibuja y distorsiona los movimientos sociales o la marcha pacífica de los estudiantes.

En Colombia se anuncia para el 21 de noviembre un paro nacional que involucrará millones de connacionales, con jornadas que sin duda incluirán marchas multitudinarias; no son de poca monta las justificaciones que exponen sus organizadores, algunas de ellas sometidas al diálogo hace meses; pero en todo caso, los organizadores pretenden canalizar hechos ciertos, con oposición pura y dura al presidente Duque y su gobierno; en tal sentido, puede constituir un memorial de agravios consecutivo, así en algunos casos no se observe razón justificada, sobretodo en una democracia sólida y seria como la nuestra.

De todas maneras debe impedirse la presencia de los anarquistas camuflados en las marchas, muchas veces con las caras tapadas, impedir su presencia y denunciarlos en el seno de las organizaciones.

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