Opinión / NOV 15 2019

¡No jugarás!

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

El siglo XIX fue para Colombia una sucesión de guerras civiles, motines, revueltas y resistencias. 

La voluntad manifiesta de recurrir a las armas, configuró un estado de guerra prolongado que obligó al reclutamiento forzoso que incluía la mayoría de las veces a los niños. Se los aprovechaba, en los distintos bandos en contienda, por su agilidad, viveza y acatamiento a las órdenes. 

El sociólogo Carlos Jaramillo, explica en el libro Historia de la infancia en América Latina, que “[…] La forma más productiva y corriente de reclutamiento eran los llamados encierros de plaza o reclutamiento con lazo, modalidad en las que grupos armados cercaban las plazas de los pueblos en día de mercado y a las horas de mayor afluencia, tomando allí a todos los que estimaran eran propios para llevar a las filas, acto que se cumplía de inmediato sin que mediara aviso a sus familiares. Los escogidos normalmente eran amarrados con lazos y sacados hacia los campamentos en interminables y tristes filas, sin importar los gritos desesperados de las madres o familiares”.

Una de las incorporaciones forzosas más conocidas, se hizo durante la Guerra de los Mil Días. Tres años de un conflicto inútil, costoso y sin gloria, donde los niños participaron activamente como combatientes, espías, ordenanzas y mensajeros. De hecho un batallón comandado por el general liberal Gabriel Vargas Santos, integrado por niños nortesantandereanos, fue sacrificado en su totalidad durante la cruenta Batalla de Palonegro. 

La dureza y los deseos de venganza, en aquellos días, no permitían consideración alguna con los niños hechos prisioneros. A ellos se les sometía a las mismas condiciones de los adultos, hacinándolos en cárceles o sometiéndolos a terribles castigos físicos. Pero también debían soportar desnutrición, aislamiento, enfermedades, sometimiento y abusos sexuales. Durante la guerra los actos de barbarie se transformaron en algo cotidiano, en parte de la vida. Así aparecería toda una generación de ‘niños sin miedo’, pequeños que en el campo de batalla demostrarían no tener reparo alguno para ir a la retaguardia rematando con sadismo a los heridos

El tratado de Wisconsin puso fin el 21 de noviembre de 1902 a la guerra. Durante ella cientos de infantes se hicieron ‘hombres’ a la fuerza, obligados a tomar las armas para ir al campo de batalla. En ese instante desaparecieron los niños y sus juegos, para dar paso a los guerreros y a la muerte. No pudieron elegir, otros lo hicieron. 


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

logo-copy-cronica
© todos los derechos reservados
Powered by: rhiss.net