Domingo, 26 Ene,2020
Opinión / NOV 01 2019

Nuestras elecciones

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Las lecciones del pasado evento electoral, a pesar de ciertos discursos acomodados de las élites, afloran. 

El país, en las capitales más importantes, se manifestó en contra de los políticos tradicionales. Uribe, Vargas Lleras, Pastrana, y toda esa caterva de hijos del privilegio, recibieron un mensaje claro: los jóvenes —y más que los novatos, las propuestas innovadoras— sí tienen un lugar en la desolación de un territorio que parecía yermo y sin esperanza. 

La otra lección de bulto de las pasadas elecciones es que en las provincias, en la costa o en el Quindío, los métodos del pasado, el clientelismo, la irrupción de dineros públicos o de los contratistas, la participación de las administraciones locales para desvirtuar el sentido de la democracia, parecen invencibles. La Fiscalía General de la Nación y la Procuraduría no tienen cobertura e impacto ante tanta anomalía junta.

En Armenia la desesperanza aún cunde. Si bien la candidata del gobierno fue abatida por sus propias mezquindades, por su torpe deseo de perpetuar lo establecido, la aparición del voto en blanco y la incertidumbre con el nuevo alcalde, muestran un paisaje difuso, cargado de nubarrones grises.

Del departamento, de la gobernación, se derivan varias interpretaciones. La primera es que el estado del arte en la política del Quindío, su movimiento, fue involutivo: el gobernador actual nos regresó al pasado, toda vez que su administración se vinculó desde el principio con lo más conservador del momento: Pastrana y Uribe, y así ayudó a elegir un representante a la Cámara que reflejó una visión de mundo retrógrada, perdida en las cosas perdidas de la obsolescencia. Es decir, el gobernador no nos dejó donde estábamos en términos políticos: nos devolvió al sótano.

Otro asunto que la gente advirtió es la federación de intereses insospechados de algunas Secretarías, donde se gestionó para sí mismos en el caso de algunos funcionarios o para grupúsculos muy limitados. Miraron, algunos secretarios, por un solo ojo.

La madeja de Petro, en el ámbito nacional, es más enredada: atacó sin compasión a Claudia López y olvidó que ella votó por él en las presidenciales, con lo que mandó un mensaje claro: importo yo, yo y yo. Su ego lo traiciona cada vez que habla, y no hay nada qué hacer contra la naturaleza propia.

El caso de Uribe es más dramático. La justicia, por fin, le pisa los talones, y su blindaje, abigarrado por la mescolanza de complicidad social y del denominado estado de opinión, se desvanece, en particular porque las nuevas generaciones no soportan tanta oscuridad y tanta manipulación mediática.

Su alfil, Duque, no puede con la complejidad de Colombia, y vocifera desde un atril tricolor contra Maduro o contra todo y nada. El uribismo, como se suponía, empieza su final cantado: un gramo de justicia, o un poco de aceptación de diversidad o de tolerancia o de sentido común, deconstruye el ambiente de terrores y odios que ellos inficionan por toda la nación. 

Cada vez que brota un sueño o una ilusión, en reposición de un miedo o de una angustia, Uribe pierde. Cada vez que la esperanza surge en un andén, en una palabra, la desazón de la venganza eterna se difumina y cede.

El país, poco a poco, cambia. Se ancla al pasado, con furia, con férrea grosería, pero reverdece desde las miradas de las niñas y los jóvenes de Colombia.


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