Sabado, 19 Oct,2019
Opinión / SEP 20 2019

Oficios peligrosos

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Impulsado por el amor a la memoria de su papá, y por conservarla, Hernando Alberto Henao Hoyos se dio a la terea de llenar cuartillas con recuerdos familiares, documentos, testimonios, anécdotas e historias, vividas o rescatadas de memorias ajenas, cuyo resultado es el libro Que rostro tiene el héroe, que quedará en bibliotecas de familiares y amigos para que Hernando Henao Vélez no desaparezca definitivamente, porque fue un hombre de valores, digno de tomarse como ejemplo.

Relata el autor episodios coloquiales de su familia y del recorrido vital de su padre. Reseña episodios de la vida bucólica de sus ancestros campesinos y del pueblo de sus querencias, católico y conservador, apegado a costumbres modeladas en los evangelios; y del desempeño laboral de su padre como empleado público, aferrado al decoro y al cumplimiento del deber, sin esguinces maliciosos. Hernando Henao Vélez, estuvo lejos de pretender ser un personaje de relumbrón y cascabeles. Cumplió celosamente sus deberes como funcionario público y ofició de periodista ocasional, para consignar en columnas de opinión su visión del acontecer de la administración pública y de los altibajos de la economía cafetera, de la que hizo parte como pequeño productor, aferrado a tradiciones que convirtieron esa actividad en una religión, o en un vicio, porque se reverencia como si fuera parte del alma de los caficultores, y es difícil desprenderse de ella; crea adicción. El cafetero capotea el clima caprichoso, se acoge a las veleidades de los precios del grano y acata los desaciertos con los que suelen lucirse los tecnócratas de la élite cafetera, pero no deja de soñar con que ‘la próxima cosecha, sí’. Así han pasado más de un siglo los cultivadores de café, pidiéndole a san Isidro Labrador que llueva o deje de llover; y a la virgen que ilumine a los manipuladores de los precios en la bolsa de Nueva York.

El personaje del libro en mención, testimonio filial de su hijo mayor, era un hombre de fe y de principios, de costumbres austeras, enamorado de su mujer y de sus descendientes; y funcionario judicial implacable en la aplicación de la ley, ajeno a influencias o corruptelas. Practicaba sin atenuantes el principio de que ‘la ley es dura, pero es la ley’. Asimismo, denunciaba con valor temerario las bellaquerías que se cometían en la administración pública, el destino perverso de los dineros públicos y la manipulación fraudulenta de privilegios prestacionales valiéndose de testimonios mentirosos. Esas condiciones lo mantuvieron bajo amenaza y por eso lo asesinaron el 20 de noviembre de 1985. Su caso, que estremeció a familiares, amigos y compañeros de trabajo, duerme, como muchos otros similares, en los anaqueles de la impunidad. Quedan para la memoria de Hernando Henao Vélez, como hombre valeroso, virtuoso y honesto, las páginas del libro que enhorabuena escribió su hijo.


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