Martes, 15 Oct,2019
Opinión / SEP 20 2019

Palosanto

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Nacemos con una música de fondo. Las aguas del útero, sus sonidos, nos forman según la velocidad de su oleaje. Las madres cantan al lado de una cuna de madera, donde rebotan los ritmos de la vida. Vamos configurando, con la percusión de nuestros dedos, la banda sonora de la existencia, como si fuera una entraña más, dispersa, fluida e interconectada por todo el organismo.

La música va tejiendo un alma melancólica o dicharachera, nostálgica o traviesa, como ocurre con los aires folclóricos de nuestras regiones, que celebran la tristeza y la muerte o el baile y la vida. Las músicas de los litorales, por ejemplo, acompañan los velatorios mientras prepararan el corazón para la danza.

En mi pueblo una escuela de música, la Jerónimo Velasco, enseñó a muchos en la casa de la cultura a valorar las cuerdas, los aires andinos, y nos entrenó un poco para escuchar e interpretar el valor de músicas venidas de otras partes. De allí nació La Tuna la Calle, y su reguero de historia y de logros en la formación y, claro, en los montajes escénicos y musicales. 

Ahora la creciente banalización del arte —el jugo ácido de la naranjada—, su industrialización, que responde al consumo de paquetes o combos de emociones efímeras, nos impone la invasión de reguetones insulsos, baladas edulcoradas hasta el hartazgo y músicas urbanas que nos asaltan los oídos, composiciones propias de este hipermercado que son los medios masivos de comunicación.

A la par que ello ocurre, la uniformidad de los ruidos y colores de la estulticia, existen núcleos de resiliencia estética, emprendimientos que se salen de lo fácil y previsible. En el Quindío, para no ir más allá, el Cuyabrito de Oro y Palosanto, un festival de música andina infantil y una escuela, caminan por otros senderos, siempre en la búsqueda de hacer de la música una forma de vida y de los aires propios una oportunidad para reconocernos como parte de unas identidades de nación.

Palosanto, creada en 1995, por Gloria Fajardo, Fernando González, Bernardo Sánchez y Marco Antonio Fernández, es la evidencia de que podemos crear nuevos senderos para el arte, trabajar por la convivencia a través de la formación y también que, a pesar de la indiferencia de algunas administraciones públicas, de su pugnacidad o de su sobreprotección, un proyecto cultural sobrevive si existe ética en sus promotores y si está anclado a las necesidades de la comunidad.

Me sorprende, para bien, que Palosanto haya sobrevivido veinticuatro años en una región que se ha acostumbrado a la auto destrucción, a la pirañería cultural y, en especial, a la más hirsuta politiquería.

En el año 2014 el proyecto musical Palosanto, proceso formativo en esencia, fue seleccionado por el ministerio de Cultura como una experiencia significativa para el país. Y lo es, porque forma en la música para vivir y no para competir, como exigen las cajas registradoras de esta sociedad.

El objetivo de Palosanto, de recuperar el papel social, pedagógico y cultural de la música, haciendo de la misma una alternativa para contrarrestar las problemáticas sociales que afectan a la población infantil y juvenil vulnerable de Calarcá, convierte a esta escuela en un paradigma nacional.

La música llena de bondad o de alegría inusitada las soledades contemporáneas.

Y Palosanto, una escuela, ha educado en la música y con la música para la vida.

 


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