Opinión / AGO 06 2020

Patios

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En un momento del incesante ir y venir en redes sociales alcancé a ver el mensaje. No recuerdo si era un estado, un meme o algo más serio. Decía: “Para la próxima cuarentena, casa con patio”. Avanzaban los días iguales de confinamiento y ese mensaje me quedó dando vueltas en la cabeza. Recordé las imágenes en los noticieros de personas alrededor del mundo asomadas a las ventanas de edificios o en diminutos balcones, algunos cantando, añorando una libertad abruptamente limitada por la pandemia. Repasé también las noticias que daban cuenta de animales silvestres en diferentes rincones del planeta recorriendo tranquilamente calles y zonas residenciales, recuperando un poco del territorio y la libertad de desplazamiento que abusivamente les hemos quitado. Me sentí afortunado de vivir donde vivo. 

 Vivo con mis papás en una casa no muy grande, pero con ventanas en todos los costados que le dan iluminación y ventilación natural, característica que siempre hemos valorado y ahora mucho más cuando una de las recomendaciones sanitarias es mantener los espacios aireados, y permitirnos un poco de la saludable luz solar, por aquello de la vitamina D. Pero lo más importante es que es una casa con patio, con patio y solar. Si reparo en esto debo ser consciente que para mis papás y para mí la palabra confinamiento no aplica con la misma severidad. 

No hay confinamiento cuando lo primero que escuchamos en la mañana es el canto de las mirlas y azulejos. No hay confinamiento donde las montañas saludan por las ventanas y el verde persiste en la mirada. No hay confinamiento cuando tendido en una hamaca leyendo las mayores distracciones son un barranquero o un guatín que engullen el plátano maduro que mamá les pone sagradamente. No hay confinamiento cuando puedo salir al solar con Igor, mi viejo pastor alemán, sin tapabocas y sin pensar en el distanciamiento social. No hay confinamiento cuando a la mano tengo aguacates, cidras, rábanos, limones, naranjas, y mandarinas. No hay confinamiento cuando en el insomnio me acompaña el sonido de los grillos, las ranas, y uno que otro pájaro nocturno. 

Por supuesto hay días en los que el encierro es un asunto mental, y la incertidumbre por el futuro inmediato añade dosis de ansiedad a la cuarentena que impiden disfrutar lo esencial. Son momentos que van y vienen y en los que se vale llorar, maldecir, gritar, cantar, reír, aferrarse a lo que más vivos y libres nos haga sentir; o no hacer absolutamente nada. 

En el idioma chino la palabra patio se expresa con el concepto ‘regalo del cielo’. No importa la fe que profesemos, la condición espiritual o la sensibilidad hacia lo metafórico e intangible, muchos llevamos y llevaremos en la memoria un patio que nos conecta, literalmente, con la tierra y el cielo. Se cuenta que en el siglo XVI un colono quiteño, al darle instrucciones al arquitecto o albañil sobre su casa, le decía: “Hacedme un gran patio y, si queda sitio, las habitaciones”. El hombre sabía de prioridades. 

 


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