Opinión / MAY 29 2020

Quebrados.com

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

La pandemia nos ha desnudado de cuerpo entero: frágiles los seres humanos y débiles en nuestras instituciones. 

Nos hemos descubierto vulnerables, después de decenios de soberbia consumista. Y como parte de un engranaje institucional, la debilidad es humillante para las vanaglorias consabidas: las entidades territoriales, en especial en provincia, aún no reaccionan y solo esperan al caer la tarde las medidas del gobierno central. 

Sus escasos recursos apenas alcanzan para costear unos mercados y sobreaguar sus aparatos administrativos. Las gobernaciones y alcaldías, por fuera de las grandes ciudades del país, miran desde la periferia la mesa de la eventual abundancia del gobierno nacional.

Los empresarios y comerciantes descubrieron que sus gremios, de poco o nada sirven, y en Quindío la impotencia y la desesperanza brotan en cada esquina y en cada negocio.

Creadas las cámaras de comercio del país en octubre de 1878, bajo el fuego de la guerra civil, su función era representar a los comerciantes, en particular en tiempos de crisis, cuando el pan escasea o el mercado se desfonda. 

Las cámaras de comercio son entidades privadas, que se sostienen con funciones delegadas del Estado, con actividades de carácter público que el gobierno, a través del código de comercio, asigna para su sobrevivencia y operación. Recauda dineros de la gente, pagados para poder funcionar en la formalidad. Sus funciones son claras y se orientan al beneficio gremial y al interés general.

La Cámara de Comercio de Armenia y del Quindpio, de tiempo atrás, deja mucho qué pensar desde la perspectiva de sus agremiados. Los afiliados, como yo, pensamos que de nada nos sirve esa entidad y menos en esta encrucijada, cuando su misión sigue igual, sin reinvención alguna, como es su palabreja favorita y cansina: se mantiene en sus trece, que es capacitación repetida, algunos mercaditos, videos institucionales y pare de contar.

¿De qué le sirve a una estilista, a un dueño de tienda de barrio o a un pequeño comerciante, que la cámara le hable de e-commerce o de renovación digital, cuando su familia pasa hambre? ¿De qué les sirve a los propietarios y administradores de hostales, fincas turísticas y hoteles que les hable de una gaseosa reinvención, cuando no existen los mecanismos locales para acceder a los créditos? ¿Cómo se comprende que los pequeños comerciantes estén en manos de los gota a gota ante la pasividad e indolencia de su gremio?

Los empresarios del turismo y de los restaurantes están solos y desesperados. Los comerciantes no sabemos a quién acudir, y los quindianos no conocemos la utilidad de una organización gremial que solo se representa a sí misma: a su burocracia y a sus privilegios.

Nos entendemos débiles, quebrados, claro. Pero no toleramos más venta de humo de nuestros gremios. La época exige otro liderazgo, otra imaginación.

 

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