Opinión / MAY 13 2020

Quisquiapuntes

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Me acuso por no haber guardado de manera estricta el encierro. La necesidad obligante de generar ingresos para replicarlos en el bolsillo familiar de quienes colaboran en la empresa, y responder por compromisos no eludibles, tampoco endosables al Gobierno, me obligó a moverme mucho más que los ciudadanos dóciles, sin mayor premura económica, dispuestos al confinamiento indefinido. La semana siguiente al toque de queda, inaugurador del pandemónium, con la complicidad de una proveedora sensible a mis ruegos, ya estábamos en Salento, cubriendo una urgencia constructiva imposible de aplazar, el oficial de construcción, un ayudante local y este relator. 

De la población, desvalijados hace tiempo sus rasgos originales, trocada a vedette turística internacional en las últimas 2 décadas, se conserva una que otra construcción con trazos autóctonos entre un caos de ostentosos pastiches, imposturas arquitectónicas, callejas con recodos recién envejecidos, y su atmósfera cordillerana. Superada la tragedia actual, aparte la sensación de exquisita soledad, tendré que evocar imágenes y personas del Salento hoy en receso: encargados del control de acceso al poblado desde el ingreso a Boquía, celosos en su tarea, pero consecuentes con  angustias ajenas; el bien surtido mercado en uno de los flancos del parque, sin cliente alguno entre los atiborrados estantes, mientras en nuestra Calarcá la rapiña por víveres y papel higiénico en negocios similares se hacía patética; la propietaria de un restaurante, media cuadra abajo del parque central, empleando durante varios días su instalación, vehículo con altoparlante, y entusiasta recurso humano, para obsequiar alimento a quien lo requiriera, tendrá en mí, en mis cercanos, admiradores y clientes permanentes…  

Susceptible al imán de una mañana iluminada, ascendí despacio, gozoso entre el silencio y las buganvillas, hacia el mirador público, en días normales poblado de turistas, simulando indiferencia ante ladridos y fauces abiertas. Intimidante quietud en el lugar; un telón brumoso impedía observar el fondo del valle de Cocora, negado quién sabe por cuánto tiempo más a forasteros ávidos de paisaje; las imágenes de la edificación emblema, de la cumbre aledaña desde donde se domina el poblado, de la serie de escalas por las cuales desciendo, sin presencia humana, quedan en el recuerdo, en la memoria del teléfono propio y en otros ajenos, corresponsales de mis asombros.  

Cómo no pensar en el impacto devastador de la pandemia en lugares de similar vocación en Colombia y el mundo; si algún sector económico sufre desmedro inmediato y lo padecerá hacia adelante, es el turismo en todas sus variantes.  Anteayer, no más, paradojas de nuestro edén, la alcaldesa de otro municipio, otrora promovido como ‘el pueblo más lindo del Quindío’, anunciaba, ufana, como si de alguna genial iniciativa se tratara, la prohibición de acceso a sus predios, de extraños’, de visitantes, sin importar origen ni condición. Pueblos de puertas cerradas, otra secuela del pánico, de la sinrazón…


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