Opinión / NOV 07 2019

¿Reinas o fufurufas?

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El periodista Eccehomo Cetina en el libro Jaque a la reina, narra la forma en que mafia y corrupción casi acaban el Concurso Nacional de la Belleza, y del Café; fueron vergüenzas porque narcotraficantes patrocinaron candidatas. 

Martha Lucía Echeverry, señorita Colombia en 1974 no había salido del país, pero rápido alcanzó apartamentos en Madrid, Miami, Nueva York y Acapulco; en su cercanía al jurista caleño Miguel Ángel Rodríguez Orejuela. 

En el texto Los jinetes de la cocaína, el comunicador Fabio Castillo recuerda que la escogida en 1981, María Teresa Gómez Fajardo, enlazó al empleado rejoneador de los Ochoa, Dairo Chica, quien recibió de sus jefes un tablero de ajedrez con fichas de oro. Al preguntar el motivo de tan exótico regalo de bodas, contestaron: “Para que usted vea como un peón se come una reina”.

Abilio Soares, brasilero del jurado elector como soberana de la belleza de Sandra Borda Caldas y virreina Margarita Rosa de Francisco Baquero en 1984, defendió las cirugías, pues ambas tenían defectos; una, en su mentón, otra, horrorosa cicatriz en la espalda. Al cataquero García Márquez le gustaba más una reina hecha en la cama que en el quirófano. 

Kathy Sáenz, segunda más hermosa en 1992, hermana de dos beldades colombianas —Shirley 1977 y Julie Pauline 1982— fue detenida en Madrid acompañada de un machucante, acusada de tráfico de dólares falsos, mientras sus padres en Bogotá la creían estudiando cine. 

Los gobernadores a escondidas vendían el nombramiento en siete millones. Caterine Sánchez de Amazonas participó casada y en embarazo. La honorable abogada Elsa Liliana Zuleta Durán —amiga mía—, con sobrados y notorios méritos, conquistó el reinado del Café aquí. En Antioquia, su departamento, Paula Andrea Betancur no ganó, pero salió en diferente entidad territorial, fue segunda en Miss Universo. Otra sostuvo tórrido romance con Hernán Valencia, alias fierrito, luego tiroteado por sicarios de Pablo Escobar “soy tu novia preferida, gracias por el giro, no te olvido pronto iré a la cárcel Catedral a visitarte”.

A cambio de casas con baños enchapados en metal precioso, viajes, paseos en avioneta, carros, joyas de los marcos, ellas ofrecían catre. Algunas, escogidas a dedo, que antes laboraron en calidad de estriptiseras, de vida liviana, licenciosa y casco ligero, usaron el certamen con el objeto de levantar marido a costa de su reputación. 


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