Martes, 22 Oct,2019
Opinión / JUN 20 2019

Ruta 16, Villa Liliana- hospital

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Al ‘Mono’ la vida —él, sus decisiones— lo llevó al callejón del hambre y el rebusque. Sube a los buses Tinto, pide a los conductores no cobrarle el pasaje o dejárselo a la mitad del precio. A veces lo logra, en otras un ladrido lo devuelve al pavimento. Al transponer la primera aduana se enfrenta al caprichoso dios del artista: el público. Mastica un breve discurso, con los clichés para suscitar misericordia. Zarandeado por el ritmo del tráfico, canta. No lo hace bien. A su guitarra —cuyos desperfectos mal disimula con plástico transparente— le faltan cuerdas. Entona una de Milanés: “Suele ser violenta y tierna, no habla de uniones eternas…”. La universitaria tatuada —pose Instagram— no le escucha: no despega su mirada de la pantalla del móvil ni retira los audífonos de sus pequeñas orejas. La anciana sí: por piedad, no por gusto. Al ‘Mono’ las palabras se le enredan en la punta del bigote. Termina. Nadie lo aplaude. Le damos monedas. No recolecta mucho, tal vez mil pesos. Se apea poco después de la iglesia San Francisco. Cojea. Armenia lo devora. A las tres cuadras un vendedor ofrece su mercancía. Dos chocolatinas por mil, cinco por dos mil. En la urbe de hoy la empatía es un lujo: ningún bolsillo soporta tanta miseria.

En la ruta 16 —pésima frecuencia: llena de cuerpos sudorosos recorre la carrera 19— vi un gesto de lúcida anarquía: un venezolano extrae del negro morral un fajo. Pasa por los puestos, deja en las manos de los pasajeros un billete. En las mías Bolívar —pronunciada frente, rotundas patillas— mira desde la estúpida eternidad de la estatua y la efigie. En el reverso una pareja de cardenalitos parece a punto de levantar vuelo, de atacarse mutuamente, de copular sin vergüenza ni freno. El chamo regala los billetes. Quiere, al menos eso dice, que conservemos un recuerdo de su tránsito por Colombia. La plata, para él, es un papel colorido, una carga extra en el equipaje. No un dios ni una meta ni un sueño. Frente a semejante acto pienso en Primo Levi: la penuria y el dolor le recuerdan al individuo el valor de las cosas, reestablecen las prioridades. Un señor de anteojos le regala al exiliado una manzana, una enfermera dos mil pesos. En el paradero del hospital desciende del bus. La gente se aferra a su rutina, a las baratijas del día a día: el rostro de la nada aterra. Hijueputeo a Maduro, a Cabello y a sus esbirros locales.

Armenia es una temerosa adolescente: no deja atrás la infancia ni se enfrenta a los retos de la adultez. La clase dirigente de la Villa Tigrero —capitaneada por el decrépito MIL y los fucsias desteñidos— ha sido experta en la trapisonda y la política despojada de grandeza. La ciudadanía cuyabra, anestesiada por la desesperanza y el cinismo, permite la deshonra de alcaldes y concejales tras las rejas. Cada viaje en la Ruta 16 ratifica la idea: Armenia no es un milagro, es una mustia mentira, un embuste. Un chiste malo y largo.


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

logo-copy-cronica
© todos los derechos reservados
Powered by: rhiss.net