Editorial / MAY 24 2020

Servidor público

Hay un mar de diferencia entre el servidor público y aquel que se sirve de lo público. Por eso tantas quejas y desconfianza en el sector oficial.

Quien ostenta la condición de servidor público tiene, además de un manual de funciones que cumplir, la ineludible e importante tarea de escuchar y gestionar soluciones a las preocupaciones y problemas de los ciudadanos. Quien pisa un despacho público no lo hace por desocupado, llega obligado por las circunstancias, agobiado por un problema, con muchas inquietudes en la cabeza, llega, la mayoría de las veces, con menos problemas que quien está detrás del escritorio o del otro lado del vidrio.

Muchas personas, además de angustiadas, se acercan a un despacho público sin las monedas para el bus de regreso y si tan solo lo escuchan su problema disminuye. Esto lo debería tener presente tanto funcionario, atornillado a su puesto, al que se la daña el día cuando un ciudadano lo requiere faltando un cuarto para las doce o a las ocho de la mañana o a las dos de la tarde o después de las cinco de la tarde. Cuántos abuelos, personas iletradas o desvalidas son devueltas de una oficina para que regresen después de almuerzo o al otro día, sin antes preguntarles cuál es el motivo de su visita o si pueden regresar después.

Como yoyos, muchos ciudadanos caminan los pisos de un edificio público buscando un nombre, una oficina, una solución, dónde radicar un documento, alguna orientación. Y, a su lado, ignorando a esas personas, muchos funcionarios chateando, charlando, haciendo tiempo para que sea hora de sacar la cartera, el paraguas o las llaves para abandonar su silla de trabajo. El funcionario que vea a un ciudadano desubicado en un edificio público, inquieto, preocupado, debería orientarlo, tratarlo como si esa persona fuera su familiar, debería tratarlo como él quisiera que trataran a su madre, a su padre, a un hijo o hermano suyo si estuviera en la misma condición.

Los buzones de quejas y sugerencias de los despachos oficiales deberían permanecer vacíos. No se entiende que quien tanto lucha para que le den un contrato o lo nombren en el sector público, olvide tan rápido que rogaba por ese puesto y cuando lo consigue reniegue a cada momento, incumpla horarios, trate con displicencia a los ciudadanos que requieren su atención, maldiga si debe trabajar unos minutos después del horario o un sábado, desde el viernes a mediodía no se le vea por la oficina o se incapacite por cualquier dolor de cabeza, le exija a las personas documentos innecesarios o los haga regresar en repetidas ocasiones porque no tiene idea de cómo tramitarles la solicitud.

También abundan los funcionarios que además de cobrar su sueldo gracias a los impuestos de todos los ciudadanos, incluidos los que atienten con desgano y soberbia, utilizan los recursos públicos para beneficio personal. Tan grave es meter la mano en los contratos públicos para favorecer amigos como usar los carros de servicio público y los conductores asignados a ellos, para diligencias personales como ir al supermercado, ir de compras incluso fuera de la ciudad, recoger o llevar los hijos al colegio, o destinar el teléfono asignado para llamadas personales o la impresora y el papel de la oficina, que también se paga con los recursos de todos, para las tareas de los hijos. Todas estas faltas son, en mayor y menor medida, casos de corrupción y confirman que no es lo mismo ser un servidor público que servirse de lo público.

NOTICIAS RELACIONADAS


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

logo-copy-cronica
© todos los derechos reservados
Powered by: rhiss.net