Editorial / JUN 27 2020

Tomémonos un tinto

Si hay algo de lo que se tenga que sentir orgulloso un colombiano es de la bebida oscura que además ha hecho de este país un destino conocido a nivel mundial.

Tomémonos un tinto

La deuda, impagable ya, con los caficultores por tanto desarrollo, obliga por lo menos a un reconocimiento permanente de su esfuerzo a través de políticas estatales de apoyo y estímulo a este importante renglón de la economía nacional. Lamentable que el número de hectáreas cultivadas con el grano vaya en picada y que los cultivadores la tengan tan de para arriba con el precio de los insumos.

Con el café se sembró toda una cultura, su llegada a Colombia perfiló una identidad y a la sombra de este gremio el departamento del Quindío supo qué era tener carreteras en buen estado para conectar todos los municipios y llegaron los servicios públicos a todas las veredas, amén de tantos y tan buenos programas educativos y de salud que impulsó la Federación Nacional de Cafeteros a través de sus seccionales.

Ese paisaje que hoy blinda la Unesco y de paso lo medio protege de prácticas destructoras como la megaminería, también es un regalo de los caficultores. Quienes arañaron la tierra y lo siguen haciendo para ver nacer en ella granos que pasan de verde a rojo así llueva o haga sol, le dieron al país y a departamentos como este un tesoro, si se quiere, para toda la vida. La protección de ese paisaje cafetero que se volvió rutina y que solo se admira cuando un extranjero lo ve y de paso le recuerda al nacido en esta tierra lo afortunado que es, tiene que ser protegido por cada plan de desarrollo que se escriba.

Ha sido tan generosa, noble y fuerte la caficultura que ha soportado la roya producida por el hongo, pero también la que incubó ese olvido estatal que ha hecho el campo inviable para muchos, al tiempo que ha provocado un bajo relevo generacional. Pese a todas las adversidades, las matas de café siguen naciendo, incluso lo habían hecho en los jardines del estadio Centenario y hasta hace algunos días se veían en varios separadores y andenes de la ciudad.

La caficultura en el Quindío se tiene que honrar con hechos y con la palabra. Por eso cada uno de esos elementos que constituyen esa riqueza material e inmaterial tiene que vivir en el discurso de los docentes en escuelas, colegios y universidades; en la educación que los mayores le den a sus hijos y en la ciudad que se ve representada en edificios públicos, glorietas, calles y avenidas.

Nunca serán muchas las piezas de arte - murales, esculturas - para mantener viva la importancia del café y a las que ya existen, que además reclaman mantenimiento, hay que agregar más, muchas más. La glorieta de los aborígenes en el norte, con la que se saluda al turista y al local, debería tener en lugar de una valla publicitaria, un escultura a gran escala alusiva a la herencia cafetera. Ya hay una muy cerca de concluirse, la del maestro Henry Villada, contratada en el gobierno de Álvarez Morales, pero suspendida en el fugaz e intrascendente paso de Castellanos Tabares.

Lástima el esperpento de mural pintado en los exteriores del Concejo. Allí, un caficultor es mirado de lejos por un hombre de turbante y el cielo es surcado por varios globos aerostáticos. Empalagosa muestra de sumisión de un grupo de concejales a un país que nada le ha aportado a esta ciudad.

Pausa para un café y para escuchar un bambuco, para una buena conversación en torno a todo lo bueno que esta bebida le ha regalado al país y al departamento. Que nunca falte la gratitud para los caficultores, expresada en obras de arte por todo el departamento, en estímulos al campo a través de los planes de desarrollo y sobre todo en ese mensaje que con orgullo transmitan los mayores para que los más pequeños también crezcan amando y honrando la bebida nacional


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