Opinión / JUN 03 2020

Túnel de la vergüenza

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Antes de finalizar septiembre próximo, según Juan Esteban Gil, director nacional de Invías, expositor en el Foro de Gerentes de la cámara de comercio, se pondrán en servicio el largamente anhelado túnel de La Línea, y otras fracciones menores del proyecto Cruce de la Cordillera Central… 2 periodos presidenciales de Álvaro Uribe, 2 de su olvidable sucesor, y medio de Iván Duque, en total 18 años e incontables aplazamientos, no han sido suficientes para culminar un empeño que de megaobra en la concepción original, estructurada en los aspectos técnico y medioambiental, tras onerosos estudios y consultorías en la administración Pastrana, trocó en cubrecama de retazos, a partir de su recorte, segmentación y rediseño, aduciendo dificultades financieras, en el siguiente gobierno. 

Del túnel bidireccional, propuesto hace 20 años como solución definitiva al tortuoso obstáculo cordillerano, arribamos, 2 décadas después, a la solución a medias: un túnel unidireccional, sentido Quindío-Tolima —vehículos y ocupantes en sentido contrario tendrán que seguir padeciendo la tortura actual—; un túnel alterno, guarida de murciélagos, inservible en la práctica, y otra serie de obras complementarias de incierta culminación. ¿Avance importante en el corredor vial Bogotá-Buenaventura? Ciertamente. ¿Solución completa del cruce de la cordillera Central? No tajante. Peor; la ciudadanía debe saberlo: a la fecha no se avizora en el horizonte infraestructural, ni el túnel faltante, ni la doble calzada Calarcá-La Paila, indispensables para la dotación vial del país. Por gracia, hay lentos progresos en el tramo Ibagué-Cajamarca, aunque su apertura tardará. Se insiste, con la complicidad de los medios de información, en desorientar a la ciudadanía, haciendo creer a los usuarios que las pesadillas vividas en los 3.265 metros de altitud sobre el nivel marino de La Línea, durante tantas décadas, serán pronto cosa del pasado. Por desgracia, no. La cortedad de miras en la gestión infraestructural sigue privando al país de una herramienta de competitividad apropiada para confrontar retos presentes y futuros.

La accidentada memoria del proyecto coparía un grueso volumen. Dudo mucho que alguien asuma la tarea; pero si se relatara a nivel de detalle en hechos, omisiones, tropiezos, errores, sobrecostos, cronología, y demás aspectos técnicos, financieros, judiciales, de contratación, y cómo no, políticos, el resultante daría luces acerca del intrincado enredo en el cual se vio envuelto el país, sin que el producto final, cuyo costo original se multiplicó por 5 o 6, satisfaga las necesidades. No podremos sumarnos al jolgorio que de seguro se orquestará en la ocasión. Más bien, quienes algo conocemos del tema, sentiremos vergüenza de patria frente al sostenido engaño, a la frustración de legítimas aspiraciones de progreso colectivo. Si algo de dignidad nos quedara, el Quindío, la región, Colombia toda debería expresar su fundado descontento.

 


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