Opinión / JUL 06 2020

Una experiencia con lo militar

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Cuando era niño, mis padres me matricularon en una escuela situada en el batallón Cisneros de Armenia, en los tiempos en los que este funcionaba en el barrio San José y El Bosque. En los descansos de mitad de jornada escolar solía caminar hasta un montículo, desde donde se divisaba la cancha de la institución militar y algunos pasillos de varias instalaciones, donde los soldados rendían pleitesía a los militares de más alto rango.

Desde aquel sitio, fui testigo de los oprobiosos castigos a los que eran sometidos los soldados por alguna falta cometida; varios kilos de carga en un morral a la espalda haciendo saltarines durante un tiempo que debía sentirse eterno para el castigado, tratos humillantes y hasta soldados abofeteados por militares de rango mayor. Recuerdo un incidente que causó escándalo en la época, cuando un capitán asesinó a un coronel para luego suicidarse. Según fuentes, esto fue resultado de un trato humillante que el militar de rango inferior no soportó. Para un niño de 7 u 8 años, percibir estos hechos dejó una huella imborrable que sembró en mí la semilla de temor y desconfianza en la vida militar.

Finalizando mis estudios de educación media conté con la suerte que el presidente de Colombia, Misael Pastrana Borrero, suspendiera el servicio militar para los estudiantes de último año de bachillerato, ante la desconfianza que a este le suscitaba en aquel momento el auge de las protestas juveniles contra la guerra de Vietnam, las dictaduras militares, el alto costo de vida y las políticas educativas del gobierno de ese entonces.

Soñaba, en medio de mi idealismo juvenil, un mundo sin guerra, sin ejércitos, sin armas y uniformes militares. Pero el estudio de la historia me enfrentó con la  realidad de que las guerras, como lo aprendimos del general prusiano Carl von Clausewitz, no son más que la continuación de la política por otros medios, que la política es el escenario donde las sociedad dirime sus conflictos, y que, para ejercer el monopolio legítimo de la fuerza, los Estados modernos requieren de las fuerzas armadas. 

Esta evocación de mi experiencia surge con los últimos acontecimientos en los que se han visto implicadas las instituciones militares: la relación de vastos sectores del ejército con los grupos paramilitares, la instrumentalización que estos últimos hicieron de los organismos de inteligencia, ocasionando la eliminación del Das, los recientes  perfilamientos e interceptaciones a políticos y periodistas, la seguidilla de noticias de corrupción al interior de las fuerzas militares, las confrontaciones con los cocaleros y la conmoción que nos ha causado la violación en grupo de menores indígenas y campesinas. Acontecimientos que debilitan fuertemente la confianza de la ciudadanía. 

Ahora sueño con una sociedad que logre algún día tener unas fuerzas armadas renovadas que revisen su doctrina,  que valoren aún más la importancia de  los derechos humanos, mejoren la relación con los ciudadanos y sea una institución educadora. 

Soy optimista y guardo esperanzas.

 


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