Opinión / OCT 27 2019

Una finalidad de las ciencias sociales

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Conocer formas de gobierno y su conveniencia en la dirección del desarrollo social es finalidad de las ciencias sociales. En la actualidad es perentorio este conocimiento por el surgimiento de fuerzas sociales opuestas a valores democráticos como la soberanía del parlamento, la independencia de los poderes públicos y la libertad de prensa. La democracia moderna, que ha progresado bajo estos principios, al parecer se encuentra en crisis, y con ella la libertad individual y los derechos humanos. 

La democracia, por definición, descansa en la voluntad popular y el ordenamiento jurídico y político orientado hacia el bien común. De ahí que conciba una ciudadanía deliberativa, activa, responsable y crítica, por lo que concierne con la decisión del elector de cambiar a sus gobernantes y vigilar la integridad del Estado en el cumplimiento de los derechos, las libertades y las aspiraciones genuinas de las mayorías. No se desconoce tampoco que estas mayorías a veces son suplantadas por aquellos que se dicen más activos o se toman, para sus intereses, la vocería popular. En nombre del pueblo o de la patria conducen a una multitud enceguecida que desprecia las instituciones públicas y se envalentona imponiendo gobiernos de facto.  

La democracia supone una ciudadanía pensante, sintiente y actuante. Porque es un gobierno que no se hace a la fuerza y no permite que por el fervor popular se entronice al déspota en el ofrecimiento de paraísos inexistentes. Es el riesgo de la democracia, tan frágil en su condición, que es como si llevara dentro de sí el germen de su propia destrucción. A la ciudadanía se le plantea el dilema de privilegiar un populismo rampante o el valor de una democracia liberal. Dilema que, por lo que se observa, se inclina más hacia gobiernos autoritarios en los que la gente cree encontrar la solución a sus necesidades y problemas. Pero es una salida facilista esto de descargar la responsabilidad social en alguien que simplifica el mundo y encarna valores deshumanizantes.  

 La libertad y los derechos se basan en una ciudadanía formada en valores democráticos, para lo cual no basta solo con el ejercicio electoral, sino que habría que releer a los grandes pensadores —Benjamin Constant, Alexis Tocqueville, John Stuart Mill, Alexander Hamilton— y valorar lo que verdaderamente significa la democracia liberal, sus fundamentos y raíces más profundas, en cuanto ideal de gobierno, o por lo menos, como dijo Churchill, el menos malo de los gobiernos que conocemos. El caso es que si la democracia está de muerte, con ella mueren ideales de humanidad y los principios que han regido una sociedad civilizada. 


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