Opinión / JUN 01 2020

Viajar

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Sí, uno no recuerda las palabras sino los hechos a que aluden las palabras: allí lo veo, en el estudio, escribiendo las memorias sobre la Segunda Guerra Mundial; lo escucho en el parlamento inglés, con el timbre flemático de su voz, Winston Churchill, ante la catástrofe inminente, al asumir el gobierno, prometiendo solo sangre sudor y lágrimas en la noche del 13 de mayo de 1940, la atmósfera  cargada de escepticismo ante el reto monumental que tiene la isla, mal preparada, como teme, para la guerra que acaba de declararle a Alemania.

Cierro, cambio de escenario, ya no es primavera en la Inglaterra de la guerra, estoy mirando el mar azul en el estrecho del Bósforo, que divide Asia de Europa, en la Estambul mágica de principios del siglo XX, donde Selma, la joven princesita, nieta del Sultán Murad V, corre por el vestíbulo de mármol del palacio, sin saber la complicada vida que le espera, en la cosmopolita Beirut,  bajo el dominio francés, después en la India, azotada por los movimientos independentistas e iluminada por la figura mítica de Gandhi, donde termina casada con un rajá musulmán y finalmente en la París ocupada por los nazis. Allí la espero al final de su periplo marcado por una fascinante  amalgama de culturas en más de medio siglo de historias cuyo eje es el Oriente milenario.  

Testigo de excepción: 3 intelectuales que trabajan en una editorial de Milán establecen contacto con unos escritores interesados en las ciencias ocultas, sociedades secretas y conjuras cósmicas, la relación estrictamente profesional  al comienzo, se va estrechando hasta idear un misterioso plan, urdido supuestamente por los templarios 7 siglos atrás, presencié los pormenores de lo que empezó como un juego y terminó en una misteriosa pesadilla. 

El Limónov que conocí, es un personaje desmesurado y estrafalario, con una vida inverosímil, que se mueve a lo largo de la historia rusa de los últimos 50 años, frecuentó los círculos clandestinos de la disidencia en la Unión Soviética, obligado a exiliarse en Nueva York, donde vivió como un vagabundo, luego en París alcanza notoriedad publicando una escandalosa novela, después lo vi pasar por los Balcanes donde apoya la causa serbia, y su regreso después a la Rusia poscomunista para fundar un partido nacional bolchevique que fue prohibido. 

De la estepa rusa me traslado al otro extremo, a Lisboa 1938, en medio de la opresiva dictadura de Oliveira Salazar, el furor de la guerra civil española llamando a la puerta y el influjo del fascismo italiano, Pereira, un periodista, recibe el  encargo de dirigir la página cultural de un periódico mediocre, el Lisboa. Necesitado de un colaborador joven, Monteiro Rossi inicia un proceso de dolorosa toma de conciencia que trasformará la vida del escéptico y sudoroso periodista.

Churchill, Kenizé Mourad, Umberto Eco, Emmanuel Carrére, Tabucchi, continúan amoblando mi mente para seguir viajando en el espacio y en el tiempo, en este confinamiento en la vereda La Bella de Calarcá.

 


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