Jueves, 12 Dic,2019
Editorial / NOV 15 2019

¿Y si se sientan?

Hacía mucho tiempo el país no vivía un ambiente de tanta expectativa previo a un evento como el paro del día 21 de noviembre. 

Se siente mucha tensión y otra vez los huracanes de la polarización vuelven a imponerse en las redes sociales y el país entró en un estado de conmoción en el cual pareciera inevitable marcar línea de acuerdo o no con el paro.

De hecho, ya se ha perpetrado toda una ‘guerra’ de información y desinformación con propósitos ya animadores ya disociadores, pero al fin y al cabo se cayó en un terreno peligroso de la apuesta de si será un éxito ese paro o un fracaso según las miradas que observan los hechos. 

Todo indica que el ambiente incendiado en América Latina, pero especialmente en Ecuador, Chile y Bolivia, han sido detonantes de imitación para otros países, independiente de las agendas internas que se discutan y que hacen parte d ellos pendientes entre el gobierno y los gobernados. Puede haber cierto temor de que ese paro, legítimo como expresión y derecho ciudadano, pueda incendiarse por cuenta de sectores extremos e intolerantes que antes que la profunda discusión desde la protesta seria, prefieren sembrar caos y anarquía como modalidad propia de la confusión y el disturbio, hechos según los cuales, normalmente terminan perdiendo todas las partes.

Pareciera que hay todo un ánimo de protesta de una parte, y todo un ánimo antiprotesta por el otro. A una semana de ese acontecimiento, pensaríamos que no es descabellado anticipar una mesa de diálogo para revisar esa agenda crítica que motiva ese paro y que podría empezarse a resolver desde una opción concertadora entre las partes. Igual, si hay paro y protesta, en algún momento tendrá que desembocarse en un intento de acuerdo. Entonces, si las partes se sientan mirándose a los ojos, cosa que no se hizo en los otros países, y se revisa con lupa y detalle los pendientes de la agenda de inconformidad ciudadana y las ofertas y apuestas del gobierno, podría darse la oportunidad de que un ejercicio de resolución de conflictos, diálogo y negociación pura, fuera más significativo que un paro que podría tener el riesgo de ser desbordado, precisamente por unos cuantos que nunca tendrían la intención de negociar, sino el único propósito de incendiar.

Que en la eventualidad del paro y la movilización nacional, que no se les permita a los oportunistas politiqueros o delincuentes comunes tomarse una expresión ciudadana como si fuera suya. Que ni las izquierdas ni derechas radicales y fundamentalistas asuman las calles como tinglados para dirimir la intolerancia. Que los que se dicen llamar líderes sociales y ciudadanos alienten las proclamas de justa reclamación, pero que al tiempo y en coro repudien y condenen las actuaciones violentas y vandálicas que desdibujan con destrucción y agresión lo que las palabras intentan dignificar como justicia.

Que prospere la mejor idea. Que si hay paro, sea todo un paro cargado de la semántica democrática que debe distinguir a un país con algo de madurez política. Y si es una mesa de diálogo, que sea un espacio real, sincero y con la custodia de la verdad como prenda de garantía de cualquier acuerdo o negociación.

Lo cierto es que Colombia no puede ser un vulgar laboratorio de reproducción de violencia perpetrado por un puñado de anarquistas. Debe ser siempre, ese escenario libre de la democracia en el cual la protesta tenga cabida y respeto, sin que se le permita su desconfiguración y desnaturalización. Igual, siempre será mejor el diálogo democrático.

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