Al descubierto / ABRIL 18 DE 2020 / 2 meses antes

A los indígenas los está matando el olvido

Autor : Héctor Javier Barrera Palacio

A los indígenas los está matando el olvido

Blanca Nubia Caicedo Mejía, gobernadora del resguardo indígena Embera Chamí Daidrua, en Calarcá, se muestra preocupada por la compleja situación de su comunidad.

Un miembro de la comunidad indígena Embera Chamí Daidrua, en Calarcá, tiene posibles síntomas del virus hace una semana, pero no lo han podido llevar al médico.

 

“¡Esperen que los muchachos les desinfecten la camioneta!” Eso fue lo que le solicitó Blanca Nubia Caicedo Mejía, gobernadora del resguardo indígena Embera Chamí Daidrua, al equipo periodístico de LA CRÓNICA cuando llegó a la entrada de la finca El Tesoro de la vereda Potosí en Calarcá. Eran las 10:20 a. m. del 17 de abril del 2020. A la líder la acompañaban unos 5 miembros de la comunidad, entre ellos, personal de la guardia indígena. Uno de ellos portaba una bomba de fumigación con la que roció el automotor por fuera y por dentro para espantar cualquier posibilidad de llevarles el virus.

 

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Para llegar al refugio de esta comunidad, fue necesario pasar La Bella y adentrarse por una vía estrecha y destapada que conduce a la vereda de Quebradanegra en un recorrido de unos 15 minutos desde la zona urbana hasta lo más empinado, oculto y solitario del sector rural. A pesar de estar cerca de la gran ciudad, estas personas viven apartadas de la civilización, también del pensamiento del citadino y del Estado.

Según Caicedo Mejía, en 2 lotes habitan 73 personas, entre niños, jóvenes, adultos y ancianos, quienes pertenecen a 23 familias, que por estos días pasan ‘las verdes y las maduras’. Ellos son solo un reflejo de lo que están padeciendo todas las comunidades indígenas del departamento, quienes hacen parte de la Asociación Regional Indígena del Quindío, ORIQUIN. 

 

6 perros criollos acompañaban a los residentes de este lugar y con el meneo de sus colas daban la bienvenida a los visitantes. Pero esas mascotas están tan desnutridas como las 2 cocinas que allí tienen. “No tenemos comida para nosotros mucho menos para los animales. Se nos han muerto varios del hambre”, se lamentó la líder indígena.

 

Un miembro del equipo periodístico se solidarizó con los peluditos de 4 patas y les compartió unas porciones de cuido que, como pirañas, devoraron en cuestión de segundos. El hambre de los caninos es un reflejo de lo que también padecen sus amos.

 

Acá no hay ‘cama pa’ tanta gente’

El nivel de hacinamiento en el que viven los hace más propensos a contraer el virus. Como dice la canción: “Acá no hay cama pa´ tanta gente”. En una pequeña habitación, que no supera los 4 metros de largo por 4 de ancho, duermen 10 personas. En una aledaña, 6. En una más, que está a unos pasos de allí, pero en un piso alto, vive otra familia integrada por papá, mamá y 3 hijos.

 

La gobernadora detalló que uno de ellos, de 18 años de edad, llevaba una semana con fiebre, debilidad, dolor de cabeza y problemas para respirar, razón por la que “supuestamente” lo tenían aislado, pero en tan poco espacio es imposible lograr un aislamiento apropiado. Por diversas circunstancias no lo habían podido llevar al médico para que confirmara o descartara si lo que tiene es la COVID-19. En caso de ser así, toda esa comunidad corre el riesgo de estar contagiada sin que nadie les brinde una ayuda. Para colmo de males, uno de los hermanos del afectado sufre de epilepsia y se golpea la cabeza contra la pared.

 

La líder aseguró que debido a esa situación y a la carencia de implementos de bioseguridad, habían llamado a la secretaria de Salud de Calarcá pidiendo atención humanitaria para el joven y que, además, les brindaran elementos de protección ante la pandemia como alcohol, gel antibacterial y tapabocas. Pero hasta el sol de hoy, por allí la mano del Estado había brillado por su ausencia.

 

Por ahora, para defenderse del virus, los médicos tradicionales indígenas hacen rituales con sahumerio a base de eucalipto y de pino, que, según ellos, sirve para purificar el ambiente y matar a los microorganismos que generan la peste, que es producida por la maldad del ser humano, quien en su afán por enriquecerse, destruye la Madre Tierra.

 

“No nos queda más que aferrarnos a Carabi, que es nuestro Dios, para que nos proteja. Hay un Dios al que ahora hay que rendirle cuentas y pedirle excusas por tanto daño que le han hecho a la naturaleza”, aseguró la líder, de 31 años de edad.

 

La gobernadora reveló que ellos se asentaron allí desde el 2017, provenientes de la vereda Puerto Samaria en Montenegro, cuando luego de luchas y resistencias lograron que la Agencia Nacional de Tierras les asignara ese territorio para vivir. Sin embargo, 3 años después no están legalizados.

 

Se alimentan a punta de plátano

Los adultos de este resguardo derivaban sus ingresos del trabajo en fincas vecinas, como la recolección de frutas y verduras, pero desde que comenzó la cuarentena, a los que laboraban máximo 2 o 3 días a la semana, no los volvieron a llamar los patrones. Históricamente sus ancestros han sobrevivido de la caza y de la pesca, pero en esta solitaria ruralidad, explicaba Caicedo Mejía, no hay posibilidad de hacer nada de eso. Por ahora, lo único con lo que pueden menguar el hambre que los agobiaba es con los plátanos que cosechan.

 

José Wílmer Caicedo Mejía, hermano de la líder, vive en carne propia esa situación y se mostró preocupado porque no tiene con qué comprar el alimento para darle a su hija de 3 meses de nacida y a su mujer. Además, le tocó parar la construcción de una vivienda que estaba adelantando.

 

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El trabajo se frenó, pero las cuentas por pagar no paran y están ahí, causando angustia porque los $10.000, $20.000 o $50.000 que se ganaba a diario, ahora son parte del recuerdo. La líder reveló que, pese a la escasez en la que viven, la cuenta de servicios públicos les llega con estrato 3. Recibos de la energía con valores que oscilan entre los $500.000 y $600.000, algo que para ellos es imposible de pagar en estos momentos. Por eso, pidió a las autoridades que consideren la posibilidad de bajarles el estrato a 1.

 

Para estas comunidades indígenas, mencionar el virus es atraerlo a sus territorios y a la humanidad. Por eso, le piden a la gente que no hable más de él para que se aparte. Lo cierto es que a los indígenas parece matarlos más la indiferencia humana que la falta de comida, porque como lo dijo Georges Bernanos: “El verdadero odio es el desinterés, y el asesinato perfecto es el olvido”.



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