Al descubierto / FEBRERO 22 DE 2021 / 1 semana antes

A Martha Janeth Cardozo la vigilancia le llegó desde lo alto

Autor : Hector Barrera

A Martha Janeth Cardozo la vigilancia le llegó desde lo alto

Siempre soñó con tener un cargo relacionado con la seguridad y Dios le hizo el milagrito de la manera menos esperada. 

Como caído del cielo le llegó el trabajo de guarda de seguridad a Martha Janeth Cardozo Palacio. Esta joven mujer, quien es soltera y sin hijos, rememoró que siempre soñó con trabajar en algún cargo relacionado con la vigilancia: militar, policía, fiscal o cualquier labor afín. En esa búsqueda presentó pruebas para laborar con el antiguo Departamento Administrativo de Seguridad, DAS, pero solo llegó hasta la mitad del proceso. 

Un día cualquiera, mientras estaba desempleada y cavilaba sobre qué hacer para ganarse la vida en un puesto estable, se fue para un parque de Armenia y como por arte de magia, mientras estaba sentada en una banca, le cayó en los pies un volante en el que promocionaban un curso de vigilancia. 

Ella, que solo tenía como preparación académica el bachillerato, pensó que aquel aviso que le llegaba de manera inesperada era, quizás, una señal del cielo para darle a su vida el rumbo que había soñado. Todo indicaba que esa era la  manera en la que Dios quería verla al servicio del prójimo. 

Así que sin echarle mucha cabeza al asunto, se animó a tomar el curso en esa academia sin importarle que la mayoría de los inscritos fueran hombres, pues estaba segura de que ella sería capaz de cumplir con esas tareas, luego de recibir las respectivas capacitaciones. 

El servicio, siempre el servicio

Al terminarlo, repartió 10 hojas de vida. Tiempo después, de una empresa de vigilancia cercana al sitio donde se había preparado, la llamaron.  “Siempre pasaba por esa sede y decía: quiero trabajar ahí y de ahí fue que me llamaron”, recordó esta amable guarda que labora para Seguridad Privada el Triángulo del Café, mientras saludaba con simpatía a los que entraban y salían del edificio Atika en el norte de Armenia. Al mismo tiempo, vigilaba con total atención las cámaras del circuito cerrado de televisión en el que visualiza los distintos puntos de ingreso y salida de las 2 torres con 86 apartamentos que le corresponde cuidar.  

“Monita, llevo estos 2 botellones de agua para el 303”, le decía un trabajador mientras ella verificaba que los destinatarios habían hecho ese pedido para permitirle ingresar. “Le voy dejar estas cositas por acá que las va a recoger peranito en un rato”, le pedían el favor mientras ella tomaba nota del nombre de quien las reclamaría. 

A ella se le notaba como a los scouts: siempre lista, pero en especial con sus sentidos muy alertas acá y allá, para esto y para lo otro, porque esas son de las cosas que ha aprendido en este oficio de ser guarda de seguridad, en el que lleva 6 años de labores con distintas empresas: a estar mosca, pilas, a que no la vean joche en sus labores, como dicen en Bogotá. 

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‘Guarda’ los aprendizajes que deja el oficio

En eso de estar atenta esta mujer, de 1.60 metros de estatura, piel trigueña y contextura delgada, podría dar cátedra, como la que dio en su primer puesto de trabajo en un reconocido centro comercial, donde le dieron 2 reconocimientos por su buen desempeño en los 4 años en los que estuvo como guarda y terminó como jefe de puesto. 

“Uno en esto conoce a todo tipo de personas, aprende a tratar a seres con distintos temperamentos y formas de ser, a ver las dificultades desde distintas perspectivas, a valorar a los demás y a uno misma”, contó Martha Janeth, quien sueña con estudiar sicología, pero lo que quizás no sabe es que ya tiene adelantada la práctica aunque no ha hecho la carrera, porque a diario le toca analizar el comportamiento tan complejo de los seres humanos a los que les brinda seguridad y también el de esos que, por algún motivo, intentan perturbarla. 

Si por algún motivo, como le puede pasar a cualquier persona, Martha Janeth tuvo una mala noche en la que no pudo conciliar el sueño, para mantenerse despierta en sus servicios, se activa andando de un lado para otro, haciendo cosas acá y allá porque el tinto no le gusta, ya que dice que le prduce gastritis, igual que la gente mala leche, que no falta como gaje de su oficio. 

Asegura que en su cargo se ha dado cuenta de que ella no es más ni menos que los hombres y que, a pesar de que en ese gremio ellos son mayoría, las mujeres están en capacidad de cumplir con esas labores de igual y hasta de mejor manera, al punto que han ganado terreno y cada vez es más común verlas uniformadas y dispuestas a brindar seguridad en los centros comerciales, en los edificios, en las empresas, en los supermercados y en muchos otros sitios en los que demuestran que condiciones y talentos les sobran.  

Según ella, los compañeros con los que le ha tocado laborar no la han hecho sentir inferior ni la han discriminado por el simple hecho de ser mujer, al contrario, la apoyan y la cuidan de todo mal y peligro, como si fueran sus ángeles protectores. 

A las vigilantes, como a ella, les toca enterarse, sin quererlo, de cosas que no deberían, pero también descubren otras que no creían. “En el mall de comidas de ese centro comercial en el que me estrené como guarda de seguridad aprovechaban el descuido de la gente en las mesas para robarles sus pertenencias. Algunos iban bien vestidos, con una buena presencia y resultaban siendo ladrones, verdaderos artistas del robo, como una señora robusta que solía ponerse una falda, pero adentro, en las zona de sus partes íntimas, tenía un soporte y andaba el sitio con cautela, cogía las cosas con una agilidad sorprendente y las guardaba bajo la falda sin que nadie la viera, uno quedaba impresionada de lo rápido que hurtaba”, detalló. 

En ese edificio en el que ahora presta sus servicios de seguridad, entra a las 6 a. m. y de tanto estar concentrada en sus funciones, cuando menos piensa son las 6:00 p. m. y ya es hora de irse a descansar para regresar al día siguiente a continuar con labores que, a simple vista, parecen monótonas, pero que para Martha Janeth, que las hace con amor, no lo son porque allí ha aprendido a servir y a tener disciplina, razones que la impulsan a levantarse cada día con ánimos de volver. 

Al terminar sus obligaciones diarias saca tiempo para practicar baloncesto, para estar en forma porque al día siguiente va a necesitar ese efecto placentero y desestresante del deporte para no sentir tan pesado el agite diario que debe enfrentar como ella lo hace: con gallardía y actitud vigilante. ¡Siempre vigilante!



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