Al descubierto / JUNIO 12 DE 2020 / 1 año antes

De peluquero a indigente

Autor : Héctor Javier Barrera Palacio

De peluquero a indigente

Uriel López Giraldo suele sentarse solo en los alrededores de la plaza Bolívar de Armenia.

Uriel López Giraldo tuvo una peluquería durante 20 años en el barrio Calima de Armenia, donde tenía muy buena clientela, que le dejaba ganacias diarias de $100.000 y hasta $200.000. 

 

Detrás de ese hombre, de 60 años de edad, que luce una barba canosa y descuidada, un pantalón tan roto y sucio como sus zapatos y una maleta en ruinas, como su misma vida, se esconde un ser humano que hasta hace apenas 6 meses fue un reconocido peluquero del barrio Calima de Armenia. 

Así como el coronavirus cambió sorpresivamente el rumbo y las rutinas de la humanidad, en una estadía que Uriel López Giraldo tuvo, por quebrantos de salud, en el hospital del Sur, padeció una transformación extrema, una caída en picada, cuando los médicos le diagnosticaron una enfermedad que no tiene cura. Su vida le cambió negativamente en un abrir y cerrar de ojos o para llevarlo a los términos de su antigua labor: hoy tiene su existencia ‘trasquilada’. 

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Atrás quedaron esos días en los que se ganaba $100.000 y hasta $200.000, después de gozar de jornadas laborales prodigiosas en las que los clientes lo frecuentaban por montones para que, con un corte, les quitara unos cuantos años de encima. Desde que recibió aquella mala noticia, ese oficio que un día le enseñó Jorge Fino, su amigo del alma, quedó sepultado en el cajón de los recuerdos y su existencia tocó fondo. 

Los pocos ahorros que tenía se le desvanecieron en diversos tratamientos médicos y lo dejaron en una ruina tan extrema que pasó de conciliar el sueño en una cómoda cama, protegida por el calor que le brindaba un techo digno, en el que nada le faltaba, en el barrio Los Naranjos de Armenia, a dormir muchas veces en el duro asfalto de un andén. “Eso ha sido lo más duro de vivir en la calle”, reveló. 

También dejó a un lado las tijeras y la barbera, que le daban el sustento, para sentarse todos los días en los alrededores de la plaza Bolívar de la capital quindiana a la espera de que algunas almas bondadosas se apiaden de él y le den un poco de comida o algo de dinero para pagar los $2.000 que le cobran cada noche para poder dormir, bañarse y comer en una fundación. 

Él se convirtió en uno de los más de 300 habitantes de calle que deambulan cabizbajos esta ciudad. Asegura que cuando sufrió aquellas dificultades, no encontró una mano amiga ni familiar, todos habían muerto, para que le lanzaran un salvavidas y no lo dejaran caer en ese abismo de la indigencia. Eso mismo es lo que le ha contado a todos los que lo conocieron como peluquero y que en algún momento se los ha encontrado por la calle y le han preguntado: ¿Por qué cayó tan bajo? 

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Añora su vida pasada 

Aseguró que tiene claro que la drogadicción es el mismísimo diablo y por eso, aunque le han ofrecido de todo cuanto vicio existe, jamás lo ha aceptado, porque ya es suficiente con el drama que está viviendo como para añadirle un problema más, que es el de las adicciones, que son lo peor porque muchos matan y roban para poder consumir. 

Sentado en una acera y con la mano derecha recostada en su frente, ve pasar los minutos, la gente arrumada y hasta las gotas de lluvia que van cayendo del cielo, ahora añora aquellos tiempos no muy lejanos en los que disfrutaba de la vida con esa labor de peluquero que nunca soñó siendo niño, pero que al fin de cuentas le dio su sustento y fue su razón de vida durante 20 años. 

Asegura que si alguien le diera la mano para salir de ese mundo de la calle, la aceptaría con todo gusto porque aunque no lo han herido y su vida no ha corrido peligro “me da temor de que alguien me levante a palo”. Todos esos miedos los descarga en las manos de Dios, porque a pesar de sus días oscuros, cree en él. “Le pido que me proteja de todo mal y peligro”. 

Reveló que al inicio de la cuarentena pudo estar 8 días refugiado en Cenexpo, lugar habilitado como albergue provisional para habitantes de calle durante la pandemia, pero ‘indio comido, indio ido’, dice un refrán popular que se acomoda a ese pequeño episodio de la existencia de López Giraldo. Cuando la comida se acabó a él y a otros ciudadanos les tocó volver a la batalla de una vida desteñida en la selva de cemento.

Con una voz tan baja, como sus ánimos, confesó que si algo desea con el alma en este momento es poder tener un hogar, una familia que lo escuche, no para juzgarlo, sino para entenderlo, una familia que en vez de rechazo, le brinde compañía y que, de paso, se convierta en el motor que lo impulse a trasegar con un sentido de vida claro por este mundo. “Porque en la calle todo es negativo”, contó. 

Con un tapabocas que irónicamente usa a medio poner, asegura que también le teme a infectarse de coronavirus, pese a estar rodeado de una multitud de personas que hacen tertulia y todo tipo de labores en la calle, dice, como si fuera verdad, que intenta huir de las aglomeraciones. Lo único que tal vez no pueda hacer es lavarse las manos, porque al fin de cuentas cada quien termina asumiendo las consecuencias de sus actos. 


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