Al descubierto / OCTUBRE 08 DE 2014 / 7 años antes

El Camino Nacional, en la memoria de 100 años de Jerónimo Galeano

El Camino Nacional, en la memoria de 100 años de Jerónimo Galeano

Jerónimo Galeano, a sus 100 años, en la tranquilidad de su casa en el municipio de Salento.

Este hombre creció con el siglo XX. Lo hizo en Salento, en sus hatos lecheros, repasando cada día los meandros y vericuetos del viejo Camino Nacional

Durante 50 años, Jerónimo Galeano trabajó como ordeñador de vacas en varios hatos del municipio de Salento. Hoy, cuando ha alcanzado la edad de 100 años, recuerda que sus manos eran tan fuertes y su finura en el ordeño tan cotizada, que los chorros que salían de la ubre rompían los baldes.

Estudió la primaria en la escuela de Hato Viejo, una vereda del municipio de Carmen de Apicalá, en el Tolima, y eso le sirvió para no sentirse solo. “Ahora que tengo 100 años, jubilado hace 30, tengo la mejor compañía que se le puede brindar a un hombre: la lectura”, sostiene con una voz firme, mientras enumera sus libros de Historia y Geografía, pero especialmente los periódicos y revistas que sus ojos cansados repasa cada día.

Sus 6 hijos están en la sala, con los nietos, bisnietos y tataranietos, haciéndole corrillo, mientras el viejo cuenta su historia. Han venido de varias partes del país y del exterior, a celebrar el siglo de vida de su padre. “Mi primer oficio fue el de mandadero del hacendado Santos Palma, de El Espinal. Me prometió que me llevaría para Bogotá a trabajar con un hijo de él en una droguería, pero antes de su viaje a la capital murió de repente, y yo me quedé de mandadero en una de sus fincas”, relata con la lentitud de su tiempo, cuando no había carretera para coches, solo el tren, según sus propias palabras.

 

Viaje al Quindío

Su migración hacia el Quindío se inició con la muerte de un pisco, lo que le costó el puesto de mandadero. “Fui a la estación del tren de El Espinal para aforar un pisco y otras cosas hacia la casa de los patrones en Bogotá, pero llegué al momento del cierre. Entonces dejé la encomienda con un señor de confianza, que lo enviaría al otro día. Se demoró, por descuido, y el pisco llegó a Bogotá pero muerto, y yo perdí mi empleo”, refiere este hombre centenario, de sombrero de fieltro y vestido de paño.

“Vamos despacio”, dice casi regañando a sus hijos cuando le apuntan que se apure a contar la llegada al Quindío. “Fue en 1934. Trabajaba en la finca El Capotal, en Anaime, a un día del pueblo, a pie. Recogí unos pesos y me vine en un carro viejo que prestaba el servicio hasta Cajamarca y de ahí a Armenia. Llegué a la finca de Joaquín Franco, en Montenegro, donde me empleé para coger café, desyerbar y cuidar caballos”.

En Montenegro se le prendió el paludismo, tras las altas temperaturas y los fuertes aguaceros que pegaban en su cuerpo en las madrugadas cuando salía de la fonda de Joaquín Villanueva, donde jugaba tute. “Casi siempre perdía. Incluso, hubo domingos que me los pasé en blanco, sin comer, por el maldito juego. Pero lo que más perdí fue la salud. Me atacaron unas fiebres altas, escalofríos, me estaba muriendo de paludismo. Acudí donde el farmaceuta de Montenegro y me recetó unos reconstituyentes. Me recomendó irme para un mejor clima, para tierra fría”, relata Jerónimo, mientras todos en la sala escuchan en un profundo silencio.

 

A desmatonar potreros

Sabía que de Salento venía cada 8 días el arriero Ignacio Giraldo con su carga de quesos y papas, y de Montenegro llevaba panela hacia la tierra fría. Le pidió empleo, y este se lo llevó “a desmatonar unos potreros”, era el año de 1936. “De ahí pasé al oficio de ordeñador, el que ejercí durante 50 años en muchas fincas: La Pradera, el Paraíso, la Reforma, La carbonera, en Volcanes, y en la Palmera, donde me pagaron la seguridad y me pude jubilar”. Allí en la finca La Pradera de Julio Marulanda conoció a Sara, la mujer que lo enamoró. Contrajo matrimonio, y con ella tuvo 8 hijos, 6 de ellos aún vivos: Ofelia, María del Carmen, Aleyda, Fabio, Guillermo y Jerónimo.

Con lo que ganaba en este oficio los educó medianamente a todos. Tocaba tiple y guitarra y formó un grupo musical que ofrecía serenatas en las fiestas familiares del pueblo. Recuerda con cierto terror la época de la Violencia partidista de los años 50: “Estuve en las uñas de la muerte, estoy vivo de milagro. Siempre atiné a contestar bien a la pregunta de los pájaros: ‘Diga a qué partido pertenece’, eso fue terrible”.

Jerónimo Galeano fue a la misa de 11:00 el día de su cumpleaños número 100, el pasado 30 de septiembre. Y sus hijos le dieron un paseo en carro por la Calle Real. “La encontré muy cambiada, modernísima, hay edificios como traídos de Pereira. Antes, las casas eran modestas, de bahareque, casi todas de una planta, pero ahora ya no se reconocen, en verdad Salento está muy cambiado, muy moderno”, dice, y en sus nostalgias se asoma con tristeza aquella aldea de los años 30, cuando llegó, cruzada por un camino que en todo el país se conocía como El Camino del Quindío, por donde tantas veces arrió las vacas de sus patrones y vio los transeúntes que venían de Cartago hacia Ibagué. Este hombre de 100 años es la historia viva de los emigrantes tolimenses al Quindío y de la reciente desaparición del Camino nacional, paso del Quindío.



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