Al descubierto / NOVIEMBRE 18 DE 2020 / 2 meses antes

En la plaza Bolívar de Génova se respira paz y se siente la bondad de su gente

Autor : Héctor Javier Barrera Palacio

En la plaza Bolívar de Génova se respira paz y se siente la bondad de su gente

Los abuelos, los niños, los perros, los tradicionales Willys, todos tienen su espacio en la plaza Bolívar de Génova. Foto : Jhon Jolmes Cardona Núñez.

Personas de todas las edades se encuentra en este sitio para departir mientras los turistas llegan a conocer. 

Son las 9 de la mañana del 16 de noviembre de 2020 y 2 personas del aseo limpian la basura que propios y foráneos han dejado en la plaza Bolívar de Génova, Quindío. 4 perros criollos, que habitan allí, se corretean, juegan entre ellos y reciben muestras de cariño y también algunos pedazos de pan de personas que pasan y dan señales de tener un corazón generoso y sensibilidad con los animales. 

Los viejos del pueblo poco a poco iban copando las bancas en las que se sentaban a tertuliar. Aunque usaban tapabocas, les faltaba un poco de eso que llaman el autocuidado, pues no conservaban las distancias, a simple vista se notaba y era más que obvio por el tiempo que tuvieron de encierro, que les hacía falta esa cercanía con el otro. 

Ellos hacían parte de una generación querendona que creció dando abrazos, saludando de mano, de besos y echando cuentos, como buenos pueblerinos. 

Pero olvidan que ese contacto cercano, más a su edad, en estos tiempos podría significar una buena estancia temporal en la clínica o una permanente en la tumba. Un abuelo solitario de ojos verdes estaba sentado en una banca y parecía no querer irse de allí. 

Los restaurantes, bares, billares, cafés, panaderías y misceláneas aledañas paulatinamente tomaban vida con la presencia de los pocos clientes que llegaban, pues era lunes festivo y la mayoría de nativos se despertaban tarde, mientras que los visitantes empezaban a dar señales de su presencia por la curiosidad con la que miraban cada cosa o por la forma en la que hablaban y preguntaban sobre los lugares y personajes reconocidos del municipio. 

 “Bonito el pueblo, a pesar de la carretera que tiene muchos altibajos”, expresaba un turista veterano con acento ‘rolo’, mientras se tomaba un café en un local con su familia, con la que venía desde Sevilla, Valle del Cauca.  

Como él, otros turistas llegaban de diversos lugares a tomarse fotos en las escalas de la parroquia San José o al lado de sus llamativas puertas con figuras religiosas en alto relieve forjadas en bronce, que son únicas en esta región. Una mujer de piel trigueña, cabello crespo y atributos exuberantes no paraba de posar para la foto en aquel sitio y parecía disfrutarlo tanto, como si estuviera en algún país de Europa. 

Otros posaban al lado de la estatua del libertador Simón Bolívar o de un jardín adornado con flores que rodeaba un puente debajo del cual había un pequeño afluente, aunque estaba seco. 

La gente, tan cálida como su clima

Una que otra pareja y algunas familias aprovechaban este sitio de encuentro para conversar, distraerse, recochar o simplemente para desconectarse de sus rutinas y contemplar ese panorama de la plaza Bolívar, que estaba rodeada de verdes y encumbradas montañas. Una maravillosa manera de ocupar el tiempo de ocio.  

Una suave brisa refrescaba y acariciaba los rostros de los que frecuentaban aquel sitio céntrico del pueblo, donde se experimentaba una temperatura cálida, ni tan caliente que quemara ni tan fría que congelara. 

Sin duda, los genoveses viven en un pequeño paraíso y están muy cerca de poder tocar el cielo con las manos. Se respiraba tranquilidad. 

“Tengo tantas cosas que olvidé decirte un día”, cantaba Luis Ángel en un equipo de sonido de una cantina aledaña a la plaza, en la que toda la mañana resonaron baladas de los años 70. Con su alto volumen le amenizaban el rato a sus clientes, pero también a quienes paseaban por los alrededores. 

Entre ellos se contaban varios labriegos que, luciendo botas, con azadón al hombro, machete al cinto, con su tradicional sombrero y la ropa sucia por el trabajo en el campo, arrimaban a tomarse un café o a disfrutar de una vaso con frutas al tiempo que cargaban algunos racimos de plátano.

Al terminar su paso social y de descanso temporal por este punto del municipio, a los campesinos los esperaban los tradicionales Willys, parqueados en los bordes de la plaza Bolívar, para llevarlos a alguna de sus 19 veredas en las que ellos viven de sembrar y cosechar café y plátano. 

Mientras tanto, como dice la canción con ritmo de merengue titulada Una fotografía, y entonada por Bonny Cepeda, en la plaza estaban: “Los niños jugando, las palomas volando…”, mientras que la gente iba y venía. 

A las 10 de la mañana llegó el lustrabotas, algunos ciclistas se sentaron en el Café Mujer, en el centro de la plaza, para hacer una pausa de su escalada con una pequeña charla acompañada de una bebida con algo liviano de comer, mientras  disfrutaban del maravilloso paisaje. 

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Era mediodía y la plaza Bolívar iba quedando sola, pues era la hora en la que algunos comerciantes cerraban sus negocios para ir a almorzar. 

El abuelo de ojos verdes seguía en la misma banca en la que estuvo todo el día, pareciera que hubiera escogido este sitio como su hogar permanente. 

A la 1:40 de la tarde, una ‘escobita’ que decía llamarse Adriana, y que cumplía con su labor desde las 5 de la mañana, le pedía a algunos de los presentes que le firmaran una planilla, pues debía presentar a sus superiores rúbricas como testimonio de que había cumplido con sus funciones. 

Ella, de 40 años de edad y 3 hijos, expresó que de cuenta propia alimentaba a los perros que tienen como hogar la plaza Bolívar de la localidad. Lo hacía de corazón, porque le nacía hacerlo y porque le daba pesar verlos sufrir, pues algunos de ellos estaban flacos y otros requerían esterilizaciones y tratamientos médicos para manejar problemas de salud.

Ella y los otros ciudadanos que le daban de comer a los caninos  eran una muestra palpable de que en Génova había mucha más gente buena y que algunos reconocidos personajes de este pueblo que pasaron por la historia sembrando dolor, eran solo unas pocas manzanas podridas entre muchas buenas. Lo que pasa es que lo malo generaba más terror y bulla, lo bueno se hacía en silencio. 


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