Al descubierto / JULIO 21 DE 2020 / 1 mes antes

Indira, la fotógrafa de los grandes escritores

Autor : Héctor Javier Barrera Palacio

Indira, la fotógrafa de los grandes escritores

Indira Restrepo Yepes debió salir de Colombia a buscar un mejor futuro como fotógrafa en Europa.

Asegura que le hubiera gustado retratar al escritor Oscar Wilde y a Hitler.

Indira Restrepo Yepes nació en Chigorodó, Antioquia, pero sus padres se separaron cuando era apenas una niña y entonces su madre se fue a vivir a Líbano, Tolima, con 7 hijos para criar en medio de muchas dificultades. Ella ha dejado pedacitos de su corazón en los distintos lugares que ha visitado y una parte de estos están en Quindío, porque acá tiene a su hermano Norvely y tuvo a un abuelo que no conoció, quien fue uno de los colonos fundadores del departamento. 

En su adolescencia soñaba con ser escritora y bailarina, pero al final terminó en el baile de contar historias con sus fotos, porque la imagen también es una manera de escribir que ella no escogió, sino que la buscó cuando conoció al fotógrafo francés Eric Van Poucke, quien la inició en la fotografía al contratarla como su ayudante, siendo apenas estudiante del maestro Holzinger en una academia en Cali. 

Estar con Eric fue como esa pruebita de amor que la inició, después de estudiar  modelaje e idiomas, en las lides de la fotografía, cuando apenas tenía 17 años. Con el tiempo, su conocimiento y liderazgo en ese campo la llevó a tomar imágenes, que quedaron guardadas para la historia, de escritores de talla mundial como Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Fernando Vallejo, Fernando Savater, del escultor Fernando Botero, entre muchos otros. Desde Amberes, Bélgica, donde ha vivido estos últimos años, compartió con los lectores de LA CRÓNICA un poco de sus experiencias. 

¿En qué circunstancias terminó fotografiando a Gabriel García Márquez?  

La experiencia con el maestro García Márquez fue muy interesante porque a los 19 años empecé a laborar con Álvaro Castaño Castillo en la HJCK, ayudándole a recuperar fotos antiguas, a hacerle fotografías para la revista que tenía. Castaño Castillo vio mi álbum fotográfico y le dije que quería retratar a Gabo, porque estaba recuperando una serie de autores iberoamericanos. Entonces, con toda su dignidad, con toda su belleza, su libertad y con toda su poesía, llamó a García Márquez a México y a Álvaro Mutis y les dijo: necesito que me reciban a una niñita que me colabora acá en la HJCK y que quiere hacer un libro de grandes escritores y pues García Márquez le dijo: “eché hombe. No joda, mándeme esa chica pa’ acá”. La experiencia con él fue muy bella, yo llegué con el señor Fidencio, el chofer que me había contratado con la embajada de México, que me llevó hasta la puerta de la casa de él. Gabo fue un hombre dócil, muy dulce, muy inteligente, también muy sagaz. Me aportó demasiado conocimiento en tan solo 2 horas. Esa entrevista fue el 9 de abril de 2003 porque él me llamó personalmente y me dijo: “Señorita, sé que está en México y quiere venir a mi casa, venga el 9 de abril para que celebremos el Bogotazo juntos. Yo llegué a su estudio muy sorprendida porque él abrió la puerta y de par en par con sus brazos abiertos me dio la bienvenida, fue muy cálido, fue un encuentro muy importante en mi vida. 

Usted le tomó una foto a Gabo en la que él le saca la lengua. ¿En qué contexto se dio esa imagen? 

La serie de fotos que le saqué fue para hacer un libro y mi idea inicial era poderle hacer una entrevista con un gran periodista de Radio Nacional de España y él me escribió un cuestionario en el cual empezamos a plantearle dichas preguntas. A García Márquez le hice algunas consultas sobre Fidel Castro y su historia con la revolución, que para él eran delicadas y prefirió cambiar el tema, se puso alerta y me dijo que si le seguía haciendo esas preguntas se iba a enojar. Le dije que cambiáramos de tema, que nos fuéramos para el jardín y jugáramos a hacer fotos. 

Le pregunté: ¿Cómo era su vida en México? Y poco a poco fuimos caminando por su estancia, tenía un árbol muy grande y hermoso, el cual le había regalado Mercedes, y de ahí se cogió y me dijo que se llamaba la Gaba y era el árbol favorito de su estudio en la cueva del león, porque así le decía a su biblioteca. Después de mucho hablar y jugar con la cámara con diferentes encuadres, empezó a llover y su secretaria le trajo un paraguas destruido, se rió y también le hice una foto así para la portada de la revista Cambio 16 sobre un cuento. La de la lengua se basa en otro cuento que él me echó bastante fuerte y que se inventó, pero en ese momento a lo mejor por mi juventud y mi inexperiencia no entendí muy bien. Pero no fue solo una fotografía, yo le llamo el tríptico genial, pero fue que yo le dije a él que jugáramos, que hiciéramos algo divertido frente a la cámara y le salió esa ocurrencia.  

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¿Qué significa para usted haber retratado al escultor antioqueño Fernando Botero en Italia? 

Durante 12 años me he trasladado hasta Madrid, Mónaco, New York, Pietra Santa, Italia, y siempre hemos estado registrando cada año su vida y su obra. Tengo el más grande archivo de todas sus exposiciones, pasando por la de las santas y venerables mujeres que él hizo, también por el kamasutra y su última gran exposición que tuvo en China. La última vez que estuve con él fue en su estudio de Mónaco compartiendo su nueva obra y ha significado muchísimo en mi vida, porque ha sido un apoyo moral, profesional y de un crecimiento invaluable. Una de las fotografías más importantes de mi trabajo con el maestro Botero fue pintando en su estudio. Allí me dijo que yo era la única persona que había visto obras incompletas de él. El Museo Thyssen se interesó en comprarme esa obra y distribuirla en postales, pero dado que no quisieron hacerme  el libro, opté por no dar ni la postal ni el libro. Yo les pregunté que sí era que me creían tonta, que les iba a dar la postal para que me quemaran el libro. O me hacían el libro, la exposición y las postales o  no hacíamos nada. Conmigo es todo o nada.  

¿Cómo fue la experiencia de tomarle fotos al escritor Álvaro Mutis?  

Él escribió un texto maravilloso sobre mi trabajo, mi vida y mi obra, con el cual pude surgir en el mundo de la fotografía. Las fotos se las tomé en una entrevista que tuvimos en México, cuando él se ganó el premio Cervantes. Le tomé fotos con el gato, en su estudio, escribiendo a máquina y jugando en el jardín. La experiencia más bonita fue cuando tenía un suéter vinotinto con unas motas ya desgastado y me dijo: Perdóneme que yo no me vista muy bien para una foto, pero este es Álvaro Mutis. Yo le dije: maestro, usted es quién es, a mí no me importa que diga lo que no es. Así me gusta, al natural. Todas las imágenes las hicimos sin flashes y sin luces.


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