Al descubierto / OCTUBRE 02 DE 2020 / 1 mes antes

Álvaro Aldana, el cineasta que convirtió las historias de los niños en películas

Autor : Héctor Javier Barrera Palacio

Álvaro Aldana, el cineasta que convirtió las historias de los niños en películas

Es el creador de cortos como El hombre de las imágenes y Territorios sagrados, así como la película Sueños de Cartón, entre otras.

Ana y Libardo fue un filme rodado en Quimbaya. Ahí se muestra el amor de 2 niños en una época en la que la violencia guerrillera y partidista azotaba al Quindío. Este fue el primer cortometraje que ganó un premio del Fondo de Desarrollo del Cine y el primero también en exhibirse en las salas de cine colombianas. Además, fue expuesto en el Festival de Cine de Cartagena. El cineasta encargado de dirigir dicho audiovisual fue el bogotano con raíces quindianas Álvaro Aldana Barón. 

Su enfoque pedagógico y experimental ha sido con los niños de los municipios del departamento, para quienes creó el Taller de artes escénicas y audiovisuales de la mano de su mentor, el maestro y actor quindiano, Alfredo González Peña, ya fallecido. Él ha puesto el séptimo arte al alcance de los pequeños que habitan en lugares vulnerables y que no conocían  los encantos de su magia. 

Las lecturas que hacía con su padre siendo niño, las buenas historias que escuchaba y el cine dominical que veía fueron ese menú que marcaron la vida de Aldana Barón para que de adulto se inclinara por dirigir un cine en el que los protagonistas son los chicos.  

 

¿Usted fue aficionado al cine desde niño? 

Primero fue la lectura, pero después me tocó la época en la que uno iba a cine matinal de los domingos, eso casi que era un ritual estar ahí. Vivía en Bogotá y eso allá era la meca de los teatros y había películas para todos los gustos. No había centros comerciales ni múltiples. En unos 10 kilómetros había hasta 5 cines. El hecho de contar historias estaba inherente en esos primeros juegos de infancia con la familia. Mi abuelo materno me llevaba a cine cuando venía a Armenia, a ver puras películas mexicanas de Vicente Fernández y de Javier Solís. A mí no me gustaban, pero al final las veía y algo bueno encontraba. Eran dobletes, uno se quedaba más de 3 horas ahí. 

 

¿De dónde surgió su gusto por hacer que los niños vulnerables sean los protagonistas de sus cortometrajes en Quindío? 

Eso tiene varias razones, una de ellas es que Armenia sigue siendo una ciudad muy desigual, basta con ir de un barrio a otro para ver las diferencias desde lo social, lo económico y de las mismas posibilidades. Yo que estuve en Bogotá tantos años y me fui a hacer mi carrera allá vi que también hay mucha desigualdad, pero en Armenia, por ser tan pequeña, se nota más. Tuve la oportunidad de conocer comunidades y a raíz  de eso es que pude ver que a estos niños no les muestran otros horizontes porque ven lo que están viviendo en su entorno y lo demás prácticamente no existe, precisamente por las escasas posibilidades que tienen de llegar a otros espacios. Conocí niños en el barrio Génesis que no habían ido a una sala de cine, ya estábamos en la etapa del DVD y todo lo conseguían pirata. A partir de ahí me nació la inquietud de cómo llevar experiencias y eso fue llegando, tampoco lo busqué mucho. Traté de hacer proyectos mirando las historias locales que a uno se le van olvidando, porque cuando uno se va lejos no recuerda que acá hay otras raíces. Lo que hice fue llevarles procesos de mi propia experiencia para que los vivan, los sientan o, al menos, para que los palpen y con eso se pudo crear un proyecto que inicialmente lo llamamos taller de cinematografía. El objeto era llevarles cine a comunidades que tenían muchas dificultades y a partir de ahí contarles cómo se hace una película o cómo se puede contar una historia por medio del cine. Ese fue como el inicio, como la matriz, pero cuando fui a hacer el taller los niños querían hacer películas, pero no es lo  mismo contar detalles del proceso a hacerlas. Nos metimos en esa ‘vaca loca’ y ese pequeño monstruo se creció y pudimos hacer proyectos casi en todos los municipios de Quindío. 

 

¿Qué pasó en esa experiencia de poner a actuar niños de los municipios? 

Los más bonito de las experiencias que se tienen con el taller de cine es que los niños tengan la posibilidad de buscar historias, conocerlas, inventarlas o encontrarlas y escribirlas. 

Ese era el plus de la propuesta, si el niño no quería escribirlas al menos que las contara y ahí fue donde este proyecto se enmarcó para hacerlo, no solo como una simple experiencia, sino como propuesta para empezar a desarrollar tramas de cine en Quindío. Contar esos relatos fue una catarsis para ellos porque hablaban de lo que estaban viviendo en ese momento en sus comunidades, como lo hicieron en el corto Un ángel en Navidad, que eran los chicos contando su experiencia personal en esa época especial, los que tenían problemas, los que se sentían aislados en sus casas. Por ejemplo, se hizo un corto con un pequeño que estaba enfermo y que tenía pocas posibilidades de vida. 

 

¿Cómo fue eso del cine cafetero que hizo? 

Empezamos  a encontrar que en las historias de los abuelos hay tesoros escondidos sobre la construcción del departamento y toda la cultura que gira alrededor del café, ahí empieza esa otra vivencia que tuvo que ver mucho con esto porque de esos cortometrajes el primero que hicimos se llamó 4 historias de cáfé. 

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¿Qué es lo más reciente que ha hecho? 

Aún estamos en un proceso con los niños porque el año pasado hicimos un trabajo en Salento sobre la palma de cera contado por ellos, que se llama El árbol de cera y me han invitado a 2 eventos importantes en Colombia para mostrar ese cortometraje en el que contamos por qué la planta está en crisis en Cocora, por qué está desapareciendo y no hay nuevas generaciones porque este es un territorio que ahora tiene un componente comercial, pero eso ha ayudado al proceso para que la palma no crezca en un lugar seguro. 

Esa historia la relatamos desde la perspectiva de los pequeños, ellos empiezan a sentir que algo está pasando en el territorio y que pocos lo conocen y lo tienen claro. Hace 3 años hice el corto Ana y Libardo y todavía estoy recogiendo los frutos.



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