Al descubierto / ENERO 11 DE 2021 / 1 mes antes

Mamá Lulú dejó un legado de servicio y de cuidado a la naturaleza

Autor : Héctor Javier Barrera Palacio

Mamá Lulú dejó un legado de servicio y de cuidado a la naturaleza

La granja de Rosalba Villegas de Hincapié fue pionera en el agroturismo en el Quindío.

Hernando Hincapié Villegas, el menor de sus 3 hijos, y el antropólogo Roberto Restrepo Ramírez hablaron sobre lo que representó este ejemplo de mujer.  

El verdadero turismo del Quindío empezó con Rosalba Villegas de Hincapié, Mamá Lulú, a juicio del antropólogo Roberto Restrepo Ramírez, quien desde los años 80 iba con sus estudiantes a conocer las valiosas enseñanzas que ofrecía la granja.   

“Allá nos daban clases, tienen un auditorio hecho en guadua muy hermoso, cuenta con un guadual en la parte de abajo y hay un pozo con arietes que llevan el agua hasta la casa, todo es un ejemplo de superación y de autosostenibilidad”.  

Aunque la Pequeña Granja de Mamá Lulú, surgió en 1984 como un emprendimiento familiar de agroturismo y de permacultura -sistema agrícola, económico, político y social basado en las características del ecosistema-, esta parcela de 1.600 metros cuadrados terminó siendo también una despensa agrícola que, en esta época de pandemia y de escasos visitantes, les ha permitido a sus creadores gozar de la autonomía alimentaria. El deseo de hacer empresa estuvo estrechamente ligado a una perspectiva visionaria.  

“Avizoramos que en un tiempo futuro íbamos a vivir seguramente una situación de calamidad muy fuerte y tendríamos que separarnos. Lo que hicimos durante estos 40 años con mi madre, mi esposa y mis 2 hermanos -Marina y Jaime- justamente fue prepararnos para lo que vivimos hoy, por lo que eso que hicimos toma sentido ahora más que nunca porque nuestra granja se ha convertido en un gran refugio para sobrevivir. Acá tenemos de todo un poquito, se consigue un vasito de leche de cabra, el quesito, el huevo, el pollo, el pescado, el limón, la naranja, la papaya, el banano, la guayaba y muchos más alimentos”.  

Así reflexiona hoy sobre el modelo que ayudó a crear Hernando Hincapié Villegas, uno de los 3 hijos de la mencionada matrona, que murió el pasado 18 de octubre, cuando contaba con 92 años y 10 meses de edad. Durante la mayor parte de su vida, Mamá Lulú se dedicó a hacer grande este paraíso ambiental y alimenticio que dejó como una herencia para sus hijos y como un disfrute para sus visitantes. 

Ella, que era la primera en levantarse y la última en acostarse, solía atender a los visitantes, en su mayoría turistas, pero también a los estudiantes de colegios y de las universidades que querían conocer el funcionamiento de la granja.  

“En los últimos 10 años vendió helados caseros, pero también arregló los jardines, cuidó el parque de las gallinas y cocinó para los visitantes”, relató Hernando.   

Era una mujer de raíces indígenas, de la tribu Emberá -mestiza-, bajita. “Una campesina que trabajó desde niña hasta sus últimos días antes de fallecer”.   

El papá de Mamá Lulú era un súbdito de Rafael Pareja y para subsistir sus primeros años de vida, ella tenía que llevarle el producido de la finca y más adelante le hizo las labores domésticas. Luego pasó a ser la lavandera de las señoras Pareja, que era la familia prestante de la época. En los 80 empezó a vivir de lo que convirtió en granja y del servicio que allí brindó vivió el resto de su vida.  

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Enseñó a sacarle el mayor provecho a la naturaleza  

Restrepo Ramírez recordó que le decían Mamá Lulú por lo pequeña y por el cariño que inspiraba con su amable forma de ser.  

 “Uno iba allá y la encontraba no propiamente hablando con todo el mundo porque por ser campesina era muy humilde y muy tímida, pero sus hijos siempre estuvieron muy orgullosos de ella porque los inspiró en todo sentido. El hecho de tener una hectárea en la que producen de todo, hasta el gas natural en el biodigestor -con excremento de los cerdos y las vacas- fue un ejemplo que hicieron desde el alma labriega de ella”, contó el antropólogo.  

Para Hernando otro gran legado que dejó su madre fue el de unir a la familia en torno a las actividades de su granja para seguir compartiendo sus conocimientos de la naturaleza con todos los visitantes. 

Gracias a Mamá Lulú los hijos se superaron. “Estudiaron con mucho sacrificio lo relacionado con el agro y manejaron el sitio de manera muy acertada. Incluso, con la llegada de la competencia ellos no se amilanaron porque tenían muy clara su filosofía. No pensaron en enriquecerse”, aseguró Restrepo Ramírez.  

Mamá Lulú, de 1.45 metros de estatura, enseñó algo ‘grande’ que siempre ha sido evidente, pero que ni el gobierno ni las empresas ni los ciudadanos han entendido a cabalidad porque no le dan el valor que se merece: “que quienes nos visitan entiendan que la agricultura, el campo y la preservación de la tierra son vitales para la subsistencia de la humanidad”.  

A Mamá Lulú la recuerdan como una mujer muy alegre que se preocupaba mucho por los hijos, pero también por mantener adecuado sus jardines. Era una excelente cocinera que nació en Quimbaya y que a los 7 años de edad llegó a esa parcela.  

“Dejó un vacío muy grande, a mí personalmente me ha costado acostumbrarme, los visitantes la extrañan porque dedicó su vida a servir por medio de la granja. Pero sabemos que ahí está su energía, su legado y entendemos que estamos protegidos por su espíritu, apenas estamos tratando de recuperarnos de su pérdida”, concluyó Hernando. 


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