Al descubierto / OCTUBRE 21 DE 2020 / 1 mes antes

Miguel Fernando Caro, un poeta que escribe y enseña con una ‘loca’ pasión

Autor : Héctor Javier Barrera Palacio

Miguel Fernando Caro, un poeta que escribe y enseña con una ‘loca’ pasión

Miguel Fernando Caro Gamboa con su hija Alanna, a quien le dedicó una colección de cuentos. Foto : archivo personal

Asegura que la escritura ha sido una medicina para sanar y aceptar los problemas mentales de sus padres.

“Todas las mañanas, cumpliendo con la rutina de mi trabajo, paso por una casa en cuyo balcón hay un viejo sentado en su silla de ruedas. Siempre al pasar junto a la casa el viejo y yo nos saludamos batiendo nuestras manos. No sé cómo se llama ni él sabe mi nombre. Tal vez el vernos todos los días obligadamente nos haya hecho amigos. Hoy no nos vimos y al pasar por su balcón me he sentido muy triste al pensar en lo que pudo ocurrirle. Ya a su edad y con la mala salud que aparentaba, despertar a un nuevo día era una nueva sorpresa. Esta mañana me he sentido muy alegre, pues el viejo ha sido el primero en traer flores a mi tumba”. 

Con ese cuento llamado El amigo, Miguel Fernando Caro Gamboa ganó el Premio Nacional de Cuento corto que se hizo en 1986 en Calarcá, cuando la segunda ciudad más importante del Quindío celebraba sus 100 años de fundación. Ese pequeño texto lo dio a conocer y a partir de allí sus libros empezaron a tener reconocimiento entre grandes y chicos. Aunque es caleño, un pedazo de su corazón ha estado con el Quindío de distintas maneras. Los títulos de sus libros suenan tan locos como su risa contagiosa. El primero que publicó en 1990 se llama Miguemundatzi y allí recopila cuentos cortos y prosas breves llenas de reflexiones.

Este hombre de las letras, de 56 años de edad, es el autor del poema ¡Qué vivan los toros! Donde hace un culto al animal y un rechazo profundo a la tauromaquia. Escribió también los libros Con tintas en las entrañas, Entre tu ventana y las estrellas, Escribir no muerde, entre otros poemas y cuentos. Aunque solo estudió hasta cuarto de bachillerato, ha sido tallerista de escritura creativa en las universidades San Buenaventura, Autónoma, Javeriana, Santiago de Cali y también en algunos municipios del Quindío. 

¿En qué cuentos andan sus manos? 

Estoy preparando mi último libro porque pienso parar allí mi actividad como autor y autoeditor. Se va a titular Pirsia de borondo por la Sucursal del Cielo y recopila todos los cuentos y textos en los que he recibido menciones en los primeros lugares y allí recojo mi trabajo desde 1986 hasta 2020. Borondo en Cali es darse una vuelta. En mi parte pedagógica he trabajado mucho lo que llamo los lenguajes y expresiones juveniles y tengo en mi libro Escribir no muerde el cuento La Real Academia del Parche.  

¿Cómo fue esa experiencia de venir a los albergues después del terremoto a leerles cuentos a los niños? 

Yo les leía los cuentos y les hacía las voces, en eso sí me considero muy bueno y le meto un poco de expresión corporal a la lectura, entonces los niños eran felices porque por un instante lograban salir de esa realidad tan dura que estaban viviendo. Había que estar allí y vivirlo para sentir lo que estaba pasando, aceptar esa realidad de que ya no había un techo ni padres ni madres ni hermanos. Fue encontrar que uno como escritor y en mi caso como lector en voz alta, más allá de publicar una obra pude hacer mi aporte social a una comunidad que había vivido una situación compleja. La verdad era que soluciones de fondo no estábamos llevando, pero sí podíamos entregarles un poco de alegría y de cariño.  

La otra parte muy difícil, por lo menos para mí, era cuando nos íbamos y estos chicos no querían que uno se fuera. Al llegar a la casa donde me acogieron fue muy triste porque estaba impregnado de tanta tristeza por lo que acababa de ver.  

¿De dónde surgió la idea de dedicarle 5 cuentos a su hija Alanna? 

Es una colección de cuentos que se llama Caminando con Alanna —producto de vivencias y de anécdotas que tuvimos—, recogí situaciones de su infancia y fue muy bonito porque con ellos le enseñé a leer. Los escribí cuando ella tenía 4 años y ahora tiene 18 y está en España. 

El último tiraje que saqué de esa colección fue de 1.000 ejemplares por cada cuento, o sea que salieron 5.000. Puedo decir con alegría que ese trabajo quedó en Colombia y en otros países.  

¿Cómo era ese asunto de que usted ponía a volar la imaginación cuando era niño? 

Cuando apenas tenía 2 años falleció mi padre, Miguel Antonio Caro. Parte de la infancia en mis vacaciones las pasaba en el campo en el cerro Cristo Rey de la vereda El Mameyal en la casa de una tía y allí jugaba mucho en las quebradas y en la montaña, me iba con los perros y me imaginaba muchas cosas, hablaba con los peces, con los pájaros, me subía a los árboles que para mí eran naves intergalácticas. Cuando subía a un cerro a veces me quedaba hasta las 6:30 p. m. viendo cómo llegaba la noche y se encendían las luces en Cali y fantaseaba que eso era muy lejano, con unos habitantes extraños y eso me ayudó a permanecer solo y en contacto con la naturaleza durante una parte de mi niñez. Aquello me dio la posibilidad de imaginarme e inventarme muchas cosas que se fueron materializando en el papel por medio de la escritura. 

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¿Cómo fue que se conocieron sus padres? 

Mi mamá, Eleonora Gamboa, tenía trastorno bipolar afectivo y mi padre, Miguel Antronio Caro, era esquizofrénico. Se conocieron en el hospital siquiátrico de San Isidro y de hecho tengo un chiste con ese encuentro porque a mí durante muchos años me dio vergüenza de la condición de enfermos mentales que tenían mis padres. Ahora digo que cuando mi padre se encontró con mi madre en aquel hospital se quedó mirándola y le dijo: “Tú me enloqueces, nena!”. No fue nada fácil en mi infancia y adolescencia aceptar la condición de bipolaridad de mi madre y siempre tuve el temor de que al llegar a cierta edad tuviera esas crisis y que terminara recluido en un hospital mental. Afortunadamente me salvé de la bipolaridad porque soy multipolar. Es que la bipolaridad me parece muy pobre, solo tiene 2 posibilidades. Solamente escribiendo sobre el tema fue que pude hacer ese proceso de aceptación y hoy en día me siento muy orgulloso de haber tenido unos padres con esas condiciones porque todo ese legado fue el que pude transmutar y convertirlo en cuentos, poemas, libros y demás. Mi proceso de desahogo arrancó cuando publiqué en uno de mis libros los poemas de mi madre y conté detalles sobre sus problemas mentales. A lo largo de mis escritos cada que puedo menciono eso y les agradezco a esos 2 seres porque a pesar de sus circunstancias me dieron el regalo de la vida y el legado de poder expresarme libremente y con creatividad. 
 



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