Ciencia y Tecnologí­a / JUNIO 20 DE 2021 / 1 mes antes

¿Cómo se transformaron las civilizaciones?

Autor : Diego Arias Serna

¿Cómo se transformaron las civilizaciones?

Lo primero que habría que ‘fumigar’ durante una pandemia serían las falsas noticias y las nocivas teorías conspirativas, que lo único que buscan es el caos y la desesperanza.

Los avances científicos han permitido extraer y analizar el ADN microbiano de restos humanos antiguos, ayudando a esclarecer preguntas sobre episodios traumáticos de nuestra historia.      

La revista Investigación y Ciencia, edición española de Scientific American de mayo 2021, publicó dos artículos titulados: “Las epidemias que moldearon el mundo”, de James P. Close, y “Contra las teorías conspirativas”, por Aleksandra Ciclocka. 

El primero es un divulgador científico, con amplia experiencia en el campo de la investigación biomédica, mientras que la segunda de las mencionadas enseña psicología política en la Universidad de Kent en Canterbury, Inglaterra, y es titular de la Universidad Nicolás Copérnico de Torun, Polonia.  

Según Close “el ADN de bacterias y virus hallado en restos humanos antiguos muestran cómo los patógenos ayudaron a derrumbar imperios y a transformar civilizaciones”, a lo cual agregó que “en el año 541, después de varios años de campaña contra los godos y los vándalos, el emperador Justiniano I consolidó el imperio romano de Oriente, que ocupaba una superficie inmensa y casi rodeaba el mar Mediterráneo. Sin embargo, ese año no tuvo tiempo para celebraciones. En lugar de ello, tuvo que hacer frente a un nuevo enemigo mortal, invisible y desconocido”.

Recordó que “una misteriosa enfermedad se propagó por todo el imperio de Justiniano y llegó a su capital, Constantinopla. Las víctimas tenían fiebres altas, sus axilas e ingles se inflamaban causando dolor, y mucha de ellas deliraban. El mismo emperador cayó enfermo. Por toda la ciudad circulaban rumores sobre su muerte. El historiador Procopio, uno de los residentes de la ciudad, afirmó que algunos días llegaron a morir hasta 10.000 personas. Justiniano logró sobrevivir, pero su imperio quedó dañado durante años, perdió numerosos territorios y tuvo que luchar para mantener el dominio romano”.   

Destacando la importancia de la ciencia, Close además expresó que desde hace tiempos quienes trabajan en ese campo han intentado averiguar cuál era la identidad de ese enemigo. Algunos pensaban que se trataba de una cepa especialmente letal de la bacteria Yersinia pestis –los síntomas se parecían mucho a los de la peste negra medieval, de la que dicha bacteria fue responsable-, mientras que otros achacaban la culpa a un virus de la gripe relacionado con el que causó la famosa epidemia de 1918, que mató a entre 50 y 100 millones de personas.

Los dientes, la clave

Close reveló que “los historiadores también han querido averiguar el lugar en donde se originó la peste negra, o bubónica. Muchos señalan a Egipto, porque los relatos históricos muestran que allí se produjo una enfermedad parecida justo antes de la catástrofe sufrida por Justiniano. Ahora, biólogos y arqueólogos han aunado esfuerzos para recuperar el ADN antiguo de los dientes y huesos de esa época, y de esa forma han podido cerrar este debate que llevaba tanto tiempo abierto. Los dientes contenían ADN de Y. pestis, y no del virus de la gripe”.

De acuerdo con este científico “siguiendo el rastro de esa cepa en el tiempo y por todo el mundo, los investigadores han descubierto que la peste negra no empezó en Egipto, sino en el oeste de China y viajó a lo largo de las altas praderas de la estepa euroasiática antes de golpear a Europa”. 

“La enfermedad evolucionó durante un tiempo antes de ser detectada en el imperio romano”, explica Alexander Herbig, del Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia Humana, en Jena, quien ha utilizado computadores para reconstruir los cambios producidos en el ADN del patógeno mientras se trasladaba de un lugar a otro.

En su texto manifestó que “con el paso del tiempo, algunos de estos cambios le permitieron vivir y multiplicarse en nueva clase de hospedadores ampliando así el alcance de su devastación. La capacidad de extraer el ADN de los microorganismos causantes de enfermedades a partir de restos humanos antiguos está ayudando a rellenar numerosos vacíos de conocimiento en los libros de la historia. Las moléculas muestran cómo nuestra historia ha sido moldeada por los encuentros que hemos tenido con bacterias y virus que acabaron convirtiéndose en pandemias”. 

Los científicos han seguido indagando otros sucesos pandémicos utilizando el ADN del patógeno para mejorar la comprensión de los orígenes de la peste negra y de la caída del Imperio azteca. Incluso han hallado pruebas de que una enfermedad en la Edad de Bronce propició que una oleada humana saliera de Asia y llegara a Europa, y esas personas trajeran consigo tecnología, cultura y genes, cuya influencia queda percibida hoy. Gracias a esos descubrimientos, se han observado unas pautas en las que los microbios provocan epidemias, como lo enseña Close. 

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Los pobres, más vulnerables 

A juicio de James P. Close, estos microorganismos tienden a propagar la muerte cuando se encuentran con grupos de individuos que viven muy juntos. Se dispersan por poblaciones que nunca habían estado expuestas con anterioridad a ellos y que, por tanto, tienen niveles bajos de inmunidad natural. 

El aumento del comercio internacional y de la movilidad humana amplifica la propagación, evidenciándose también que los patógenos han hallado mayor vulnerabilidad en las personas pobres y marginadas, con menos recursos para protegerse. En la pandemia actual producida por el nuevo coronavirus Sars-CoV-2, hemos visto de nuevo estas pautas. 

Anotó, además: “Hace tiempo los científicos y los historiadores están interesados en conectar la biología de los patógenos con la historia, pero hasta hace una década los intentos se vieron frustrados por las dificultades con las que se encontraban a la hora de analizar el ADN procedente de restos antiguos. Los esfuerzos por recuperar genomas de patógenos en los cementerios con víctimas de la peste negra, por ejemplo, “fracasaban una y otra vez”, se lamenta Hendrik Poinar, biólogo especializado en ADN antiguo de la universidad McMaster, en Ontario, Canadá. 

También agrega Close: “Los huesos enterrados se degradaban y solo contenían pequeñas cantidades de moléculas pertenecientes a los microbios. Durante la pasada década dos avances cambiaron el panorama. Uno fue que los especialistas en genómica arqueológica se dieron cuenta de que estaban examinado las partes erróneas del esqueleto. Los dientes y no los huesos, son las mejores cápsulas del tiempo. En su parte exterior se hallan protegidos por una dura capa de esmalte. En su interior, la pulpa dental está llena de sangre desecada, la cual contiene restos degradados de patógenos sanguíneos”. 

Adiciona: “Se extrae el contenido de ese interior con un taladro dental, se disuelve y, con un poco de suerte, se obtienen algunos restos de ADN microbiano. Sin embargo, esas muestras están mezcladas y fragmentadas, siendo necesario volverlas a unir para poder tener secuencias largas y detalladas de ADN que puedan atribuirse a alguna bacteria o virus concreto. El segundo gran avance fue la secuenciación de nueva generación acelerando esta reconstrucción. La técnica se generalizó gracias al aumento de potencia de los computadores y “modificó por completo las reglas de juego”, explicó Poiner. Él y sus colaboradores recuperaron una secuencia de Yersinia pestis en 2011.                      

Educación, “la cura” contra teorías conspirativas 

En su artículo, Aleksandra Ciclocka enfatiza: “La educación contrarresta las creencias conspirativas porque fomenta el pensamiento crítico y empodera a las personas. Otras intervenciones podrían ir dirigidas a propiciar un sentimiento de identidad común, a fin de favorecer las ideas de pertenencia y significado”.  

La psicóloga, puso como ejemplo a Nueva Zelanda, por la forma como ha manejado la pandemia. 

Al respecto, indicó que “la primera ministra, Jacinda Ardern, puso énfasis en la solidaridad y la transparencia de su gestión, y ofreció a la población una meta clara. Los primeros datos señalan que, a pesar de que aumentó la angustia durante el confinamiento, los neozelandeses no se entregaron más a las ideas conspirativas, sino que aumentó la confianza en la ciencia. Ese es el pensamiento que habría que exportar al resto del mundo”.

Ciclocka resaltó que la pandemia de la Covid-19 reúne las condiciones idóneas para generar vulnerabilidad ante los discursos conspirativos: “Hay mucha incertidumbre y ansiedad; el confinamiento y la distancia social recrudecen el aislamiento; y las personas que intentan entender este momento insólito buscan explicaciones extraordinarias”. 

Así mismo, anotó esta psicóloga: “Nosotros planteamos que las creencias conspirativas se sustentan en tres grandes necesidades: la de comprender el mundo, la de sentirse a salvo y estar conforme con uno mismo”.   




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